Ricardo "El Lobo" Mendoza sostenía el pequeño paquete anónimo en su mano como un biólogo examinando un espécimen desconocido.
No había llegado a través de sus canales habituales. No había sido filtrado por un asistente resentido ni susurrado en un cóctel. Simplemente había aparecido en la recepción, un objeto humilde y sin pretensiones en medio del brillo corporativo del edificio del periódico.
Su asistente lo había dejado en su escritorio con una ceja levantada.
—Llegó para usted. Sin remitente.
La curiosidad, el motor que había impulsado toda su carrera, se encendió.
Llevó el paquete a su oficina y cerró la puerta. El frasco de laboratorio dentro era austero, la nota atada con una simple cuerda de yute era casi poética en su simplicidad.
Desenroscó el tapón.
Acercó el frasco a su nariz con la cautela de un catador de vinos.
El aroma que lo golpeó no fue un perfume. Fue un asalto químico. Olía a plástico, a petróleo, al interior de un coche barato sobrecalentado al sol. Era el inconfundible hedor de un atajo, de la producción en masa disfrazada.
Luego, leyó la nota.
Su sonrisa fue lenta y depredadora.
"Una admiradora", decía. A Ricardo le encantaban sus admiradoras, especialmente las que venían armadas con chismes de esta calidad.
Valentina Salazar. 'Éxtasis Global'. Tenía todo el sentido del mundo. La fanfarria, el marketing agresivo, la personalidad hueca de la propia Valentina... todo encajaba con un producto que era más fachada que sustancia.
Pero un chisme, por jugoso que fuera, no era una historia. Necesitaba pruebas. La reputación de 'El Lobo' se basaba en la precisión de sus ataques, no en rumores.
Colocó el frasco en una bolsa de plástico para muestras.
Hizo dos llamadas más. Una a un distribuidor de materias primas en Grasse, Francia. Otra a un diseñador de frascos en Italia.
Las piezas comenzaron a encajar.
Los rumores estaban ahí, susurros en los bordes de la industria. Un presupuesto de desarrollo sospechosamente bajo. Órdenes de compra de materias primas de segunda categoría. Una negativa a revelar el nombre del "perfumista maestro" detrás de la creación.
No había una pistola humeante, pero el aire se estaba llenando de pólvora.
Ricardo se reclinó en su silla, juntando las yemas de sus dedos.
Todo lo que necesitaba ahora era el informe del laboratorio. La prueba científica que convertiría su sospecha en un hecho.
Y con ese hecho, escribiría no una columna, sino un obituario para la reputación de Valentina Salazar.

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