La oficina de Ismael Corona estaba en un edificio anodino en la colonia Anzures, un lugar deliberadamente discreto que no dejaba entrever la naturaleza exótica y a veces turbia de sus negocios.
Corona era un hombre bajo y corpulento, con dedos como salchichas adornados con anillos de oro y una sonrisa que nunca llegaba a sus ojos pequeños y astutos. Se especializaba en lo raro, lo difícil, lo imposible. Y no hacía preguntas mientras el precio fuera el correcto.
Valentina entró en su oficina como si fuera la dueña del lugar, su perfume caro llenando el aire viciado de humo de puro.
—Señor Corona. Valentina Salazar. Creo que mi asistente llamó.
Él la miró de arriba abajo, una tasación rápida y profesional. Vio el bolso, los zapatos, el reloj. Vio el dinero.
—Señorita Salazar. Un placer. Siéntese —dijo, señalando una silla de cuero frente a su escritorio—. ¿En qué puedo servirle? Me dijeron que era un asunto... urgente.
Valentina se sentó, cruzando las piernas. No iba a andarse con rodeos.
—Tengo entendido que usted es el único proveedor en México del aceite de nardo del Himalaya.
Corona asintió lentamente.
—Es una de mis especialidades. Un producto muy solicitado. De hecho, acabo de recibir un lote muy exclusivo. La cosecha de este año.
—Lo sé —dijo Valentina—. Y también sé que tiene un pedido para ese lote. De Abril Lozano.
La expresión de Corona no cambió, pero sus ojos se afilaron.
—Mis tratos con mis clientes son confidenciales, señorita.
—Por supuesto —dijo ella, y sacó un sobre grueso de su bolso. Lo deslizó sobre la mesa de madera pulida. No era una pila de billetes. Era un cheque de caja, de una cantidad obscena—. Quiero que imagine que esa confidencialidad acaba de volverse mucho más valiosa.
Corona miró el sobre. No lo tocó.
—La escucho.
—Quiero comprar todo el lote —dijo Valentina, su voz era un susurro sedoso—. Le pagaré el doble de lo que la señora Lozano le ofreció.
El hombre levantó una ceja.
—Quiero algo que arruine por completo la composición de su perfume, que lo desequilibre, que lo vuelva inestable. Pero que sea lo suficientemente sutil como para que no lo detecte al principio. Quiero que trabaje con él, que invierta su tiempo, y que solo se dé cuenta del desastre cuando ya sea demasiado tarde.
Ismael Corona tomó el frasco. Lo abrió y lo olió. Asintió, impresionado por la crueldad del plan.
Miró el cheque. Miró a Valentina.
Esto no era solo un negocio. Era un arte. Un sabotaje de alta gama.
—Considero que la integridad de mis productos es mi mayor activo, señorita Salazar —dijo con falsa seriedad.
—Y yo considero que el pragmatismo es el suyo —replicó ella sin perder el ritmo—. Ese cheque es solo el anticipo. Recibirá la misma cantidad cuando el trabajo esté hecho.
Corona sonrió, esta vez de verdad.
Guardó el cheque en un cajón y extendió su mano carnosa sobre el escritorio.
—Será un placer hacer negocios con usted.

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