El lugar era perfecto.
Un salón privado en el segundo piso del "Bar La Ópera" en el centro de Coyoacán. Un club antiguo, con paredes revestidas de madera oscura, sillones de cuero gastado y el aire denso de un siglo de conversaciones secretas.
Era discreto. Anónimo. Un lugar donde los fantasmas del pasado podían hablar sin ser molestados.
Abril llegó primero.
Eligió una mesa en la esquina más alejada, lejos de la puerta. Puso su delgada laptop sobre la superficie de madera. No pidió nada de beber. Solo esperó.
Ramiro Vargas llegó exactamente a la hora acordada.
No parecía el hombre derrotado de su oficina. Llevaba un saco sport y su postura era más erguida. En sus manos, no llevaba un maletín, sino la pesada caja de almacenamiento de plástico.
La puso sobre la mesa con un sonido sordo. El pasado, literal y figurativamente, se interponía entre ellos.
Se sentó frente a ella, sus ojos evaluándola.
—Un lugar interesante —dijo él.
—La discreción es un lujo, señor Vargas —respondió Abril—. Y en nuestro caso, es una necesidad.
Un mesero se acercó. Abril pidió dos cafés americanos, sin darle a Ramiro la oportunidad de hablar. Tomando el control desde el primer momento.
Cuando el mesero se retiró, ella se inclinó hacia adelante.
—Antes de que abramos esa caja —dijo, su voz baja y seria—, quiero dejar algo perfectamente claro.
Ramiro la escuchó, su atención total.
—Mi objetivo principal es la verdad. Quiero saber exactamente qué pasó hace cinco años, quién dio las órdenes, quién se benefició y quién lo encubrió. Pero el resultado de esa verdad, el propósito de esta investigación, es la destrucción profesional y social de una persona.
Hizo una pausa, sus ojos fijos en los de él.
Abrió su laptop. La pantalla se iluminó, mostrando una compleja red de archivos y carpetas.
—Yo empezaré. Durante las últimas semanas, he rastreado todas las comunicaciones digitales entre Simón y Valentina de ese período a las que pude acceder. Hay un patrón interesante de transferencias de dinero desde una cuenta offshore de Simón a una cuenta que Valentina abrió en Milán justo una semana antes de la filtración.
Ramiro la miró, impresionado por su minuciosidad.
Luego, se giró hacia su propia caja y levantó la tapa.
—Interesante —dijo, sacando una vieja libreta de notas—. Porque yo tengo el registro de todas las veces que la señorita Salazar usó la computadora de mi oficina para "ayudar" a Simón. Y las fechas coinciden.
Puso la libreta sobre la mesa, junto a la laptop.
El pasado y el presente. La evidencia análoga y la digital.
La conspiración, oculta durante cinco años en las sombras, comenzaba a tomar forma bajo la luz tenue del viejo club.

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