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Perfume Letal de la Esposa romance Capítulo 144

El peregrinaje de Simón continuó. La visita a la academia de danza había abierto una herida, y ahora sentía una necesidad compulsiva de seguir el rastro de la mujer que había perdido.

Recordó fragmentos de conversaciones, frases sueltas que ella había dicho a lo largo de los años y que él apenas había registrado. Una de ellas era sobre un lugar, una librería-café donde le gustaba pasar las tardes.

Condujo hasta la colonia Condesa, guiado por una memoria brumosa. Le tomó casi una hora encontrar el lugar, escondido en una calle arbolada, lejos del bullicio principal. Era un local pequeño, con una fachada de color terracota y un letrero de madera tallada que decía "El Péndulo".

Entró. El interior olía a café recién hecho y a papel viejo, una mezcla reconfortante y erudita.

Las paredes estaban cubiertas de estanterías que llegaban hasta el techo, y había pequeñas mesas de madera repartidas entre los pasillos.

Se sentía como un intruso en un mundo que no le pertenecía.

Se acercó al mostrador, donde un hombre mayor con gafas y un mandil de barista estaba limpiando la máquina de espresso.

—Buenas tardes —dijo Simón, su voz sonando fuera de lugar en la quietud del local.

El dueño levantó la vista, sus ojos amables y curiosos. —¿En qué le puedo servir?

—Busco a alguien —dijo Simón, sintiéndose ridículo—. O más bien, el recuerdo de alguien. Una mujer que solía venir aquí. Pelo oscuro, ojos… intensos. Probablemente se sentaba sola, a leer.

La descripción era vaga, patética. Podría ser cualquiera.

Pero el dueño sonrió, una sonrisa de reconocimiento instantáneo.

—Gracias —dijo Simón.

Pidió un café que no quería y fue a sentarse en la mesa de ella. La silla de madera era dura e incómoda. El sol le daba directamente en los ojos.

Se quedó allí, en silencio, imaginándola frente a él. La vio pasar las páginas de un libro, una pequeña sonrisa en sus labios.

La vio mirar por la ventana, perdida en sus pensamientos. La vio feliz, en paz, en un mundo que él nunca había compartido, que nunca se había molado en descubrir.

Se dio cuenta de que no solo había reprimido su carrera. Había reprimido su mente. Su espíritu. Su esencia.

Se bebió el café de un trago, el líquido amargo como la culpa que sentía en la boca. Se levantó y salió de la librería, dejando atrás otro fantasma de la mujer que estaba desesperado por encontrar.

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