Simón salió de la hacienda y el portón de hierro forjado se cerró a su espalda con un sonido sordo y definitivo. Era como el cierre de una cripta.
Llegó a su coche, pero no lo encendió. Se quedó allí, en el asiento del conductor, con las manos temblorosas sobre el volante de cuero. El silencio dentro del vehículo era aplastante, un vacío que hacía eco al que sentía en su interior.
Y entonces, el peso de cinco años de mentiras, de crueldad, de una ceguera voluntaria y arrogante, lo aplastó.
Se rompió.
Un sollozo seco y desgarrador escapó de su pecho, un sonido animal, primario, que no se parecía en nada a la autocompasión del pasado. Se cubrió la cara con las manos y lloró.
Lloró como no lo había hecho desde que era un niño. No eran las lágrimas fáciles del ego herido que derramó por Valentina.
Eran lágrimas de un dolor diferente, un dolor que no pedía consuelo, sino castigo.
Un dolor que lo quemaba por dentro, purificando y destruyendo a partes iguales.
Cada recuerdo era una daga que él mismo había forjado y que ahora se le clavaba en el corazón.
Vio a Abril en su quinto aniversario, su esperanza frágil como el cristal, y se vio a sí mismo lanzándole una tarjeta de crédito como si fuera un hueso a un perro.
Vio su propia indiferencia en la gala de Ortiz Media, cuando el Sr. Ortiz la había aclamado y él solo había sentido una punzada de irritación, no de orgullo.
Un asco profundo, visceral, le revolvió el estómago. La imagen de ella, su belleza que antes lo había cautivado, ahora le parecía la máscara de un monstruo. La mujer por la que había creído sacrificarlo todo era la arquitecta de su ruina, la co-conspiradora de la mentira que lo había definido.
Su amor idealizado, su obsesión, todo se había podrido y convertido en repulsión.
Con un dedo tembloroso, presionó el botón rojo, rechazando la llamada.
El silencio volvió a caer, más pesado que antes.
Simón apoyó la frente en el volante frío, los sollozos sacudiendo todo su cuerpo, solo en la oscuridad, enfrentándose por fin al hombre que realmente era.

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