La frase "tú eras el daño a controlar" resonó en la mente de Simón, repitiéndose en un eco nauseabundo. Él, Simón Ferrer, el heredero, el prodigio, reducido a una variable inestable en una ecuación de negocios.
—No te creo —dijo, pero las palabras sonaron débiles, vacías de convicción. Era el último espasmo de su orgullo herido.
Vargas no discutió. Simplemente empujó otra pila de papeles fuera de la carpeta.
—No tienes que creerme a mí —dijo en voz baja—. Creele a ellos.
Simón bajó la vista. No eran informes técnicos. Eran impresiones de correos electrónicos y registros de llamadas. Nombres familiares aparecían una y otra vez: el de Ricardo Abascal, su abogado de toda la vida; el de Campos, el asistente personal de su padre; el de otros miembros del consejo directivo.
Su corazón se hundió al leer las líneas de asunto.
"Estrategia de contención para el asunto V.S."
"Necesidad urgente de estabilizar a S.F. antes de la reunión con los inversores."
"Borrador del acuerdo de confidencialidad para R.V."
Vio sus propias iniciales, "S.F.", discutidas como si fuera un problema a resolver, un activo volátil que necesitaba ser gestionado. Leyó frases que lo hicieron sentir físicamente enfermo.
La manipulación era tan profunda, tan completa, que lo dejó sin aliento. Lo habían manejado como a un niño con un berrinche, distrayéndolo con un culpable falso mientras limpiaban el verdadero desastre a sus espaldas.
Levantó la vista de los correos, sus manos temblando ligeramente. La rabia que había sentido por Abril, por la humillación del divorcio, por la pérdida del premio, todo eso pareció trivial, insignificante, en comparación con esta traición primordial.
El whisky seguía en la mesa. Lo tomó y se lo bebió de un solo trago. El líquido le quemó la garganta, pero no pudo apagar el fuego que comenzaba a encenderse en su interior. Una nueva ira, más fría, más oscura y mucho más peligrosa, dirigida hacia la única persona que siempre había creído tener de su lado.
Su padre.

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