Mientras Simón se ahogaba en su negación en Valle de Bravo, Abril despertaba en una nube de sábanas de algodón egipcio.
No había regresado a la mansión. La idea de dormir bajo el mismo techo que Simón, incluso en un ala separada, le resultaba intolerable. En su lugar, había reservado la suite presidencial de un hotel boutique en Polanco, un santuario de lujo silencioso y minimalista.
Estaba de pie, envuelta en una bata de seda blanca, junto al ventanal panorámico. Abajo, la Ciudad de México despertaba, un monstruo de concreto y asfalto bañado en la suave luz dorada del amanecer. Pero desde esa altura, el caos parecía ordenado, casi pacífico.
No sentía euforia. La victoria no le había traído una explosión de alegría, sino una profunda y serena sensación de calma. Era la calma que sigue a una tormenta largamente esperada. El aire estaba limpio. El cielo, despejado.
Su teléfono, un modelo nuevo y elegante, vibró sobre la mesa de mármol. Lo tomó. En la pantalla, el nombre "Lic. Sofía Navarro".
Deslizó el dedo para contestar.
—Sofía, buenos días.
—Abril, buenos días —la voz de la abogada era como ella: nítida, precisa y sin adornos—. Espero no llamar demasiado temprano. He visto las noticias. Un trabajo impecable.
Abril esbozó una leve sonrisa. —Solo presenté los hechos. El resto fue una reacción en cadena.
—Una reacción en cadena que usted diseñó a la perfección —dijo la abogada con un matiz de admiración—. Pero ahora, a lo nuestro. Todo está listo para proceder.
Abril caminó hacia el balcón, el aire fresco de la mañana acariciando su rostro.
—Es hora de terminar con esto.
Al otro lado de la línea, pudo casi oír la sonrisa de la abogada.
—Considérelo hecho. El notificador estará en camino en una hora.
Abril colgó el teléfono y se quedó en el balcón, observando cómo la ciudad cobraba vida.
Su venganza no había terminado. Solo había entrado en su fase más elegante. La legal.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Perfume Letal de la Esposa