El Palacio de Bellas Artes era un monstruo de mármol y bronce, resplandeciente bajo las luces de la noche. Una multitud de fotógrafos se agolpaba tras las cuerdas de terciopelo rojo, sus flashes estallaban como una tormenta eléctrica contenida.
Era la noche más importante de la arquitectura mexicana, y el aire crepitaba con poder y prestigio.
Simón y Valentina llegaron en un sedán negro brillante. La puerta se abrió y él salió primero, impecable en su esmoquin. Ofreció su mano a Valentina.
Ella emergió como una llamarada. El vestido rojo era un imán para todas las miradas, un grito de atención en medio de la elegancia sobria de la noche. Sonrió, una sonrisa deslumbrante y practicada, y se aferró al brazo de Simón. Posaron. Eran la imagen del triunfo, la pareja de oro del momento.
Valentina se deleitaba con el espectáculo. Cada flash era una caricia a su ego. Cada murmullo, una confirmación de su estatus. Se sentía invencible.
Simón sonreía, pero sus ojos estaban inquietos. Escaneaban a la multitud que entraba al palacio, buscando. Un terror sordo latía bajo su piel.
Entonces, un coche diferente, discreto y sin adornos, se detuvo un poco más allá de la alfombra roja. La puerta se abrió y salió Abril.
Llegó sola.
No llevaba un vestido de gala, sino un traje sastre negro de corte perfecto que era a la vez austero y profundamente elegante. No llevaba joyas, salvo unos pequeños pendientes de obsidiana. Su cabello estaba recogido en un moño bajo y severo.
La de ella fue indescifrable. No había ira. No había amor. No había nada. Era como mirar la superficie tranquila de un lago profundo y oscuro, sin tener idea de los monstruos que podrían estar acechando en el fondo.
Apartó la mirada primero, volviéndose hacia Valentina con una sonrisa forzada.
Pero la imagen de la calma de Abril se le quedó grabada en la retina.
La tormenta no iba a ser ruidosa. Iba a ser silenciosa. Y eso la hacía infinitamente más aterradora. El evento estaba a punto de comenzar.

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