El regreso del paquete fue un evento silencioso y humillante.
No hubo una llamada airada, ni un correo electrónico furioso. Simplemente, un mensajero con el logo de "Aromas del Alma" esperando en la recepción de Ferrer Arquitectos con una caja familiar.
Inés, la asistente de Simón, lo recibió con una expresión indescifrable y lo llevó a la oficina de su jefe.
—Señor, esto acaba de llegar para usted.
Simón levantó la vista de sus planos. Vio la caja de terciopelo azul oscuro en las manos de Inés y su corazón dio un vuelco. Al principio, pensó que era una respuesta. Quizás una nota de agradecimiento. Una señal.
—Gracias, Inés. Puedes retirarte.
Tan pronto como la puerta se cerró, se abalanzó sobre la caja. Sus dedos, normalmente tan firmes, tropezaron ligeramente con el cierre.
La abrió.
El collar de diamantes y esmeraldas yacía exactamente como lo había enviado. Brillaba con una belleza fría y burlona.
Su primera reacción fue buscar la nota. Debía haber una nota. Rebuscó en el estuche, debajo del forro de satén, en la bolsa de la mensajería.
No había nada.
La ausencia de palabras lo golpeó con más fuerza que cualquier insulto. Una carta furiosa habría sido una conexión. Un grito, una súplica. Habría significado que le importaba lo suficiente como para estar enojada.
Pero el silencio... el silencio era un vacío. Un abismo. Significaba que él no importaba. Que su gesto, su dinero, su intento de control, no valían ni la tinta de una respuesta.
Se quedó mirando el collar, un monumento a su propio fracaso, a su total y absoluta incomprensión de la mujer que era su esposa. Se sintió como un idiota.
—Un asunto de negocios que salió mal —añadió, empujando la caja a un lado como si le quemara.
La sonrisa de Valentina se desvaneció, reemplazada por una expresión astuta. Entendió al instante. El collar no era para ella. Era para Abril. Y había sido devuelto.
Una oleada de satisfacción maliciosa la recorrió. ¡La estúpida puritana lo había rechazado! Pero inmediatamente, la satisfacción fue envenenada por los celos. ¿Por qué le había comprado él un regalo tan extravagante a Abril? ¿Por qué seguía intentándolo?
La tensión entre ellos llenó la oficina, espesa y palpable. El collar rechazado yacía sobre el escritorio, un símbolo no solo del abismo entre Simón y Abril, sino de la grieta que se abría cada vez más en su propia alianza.
—Ya veo —dijo Valentina, su voz ahora fría—. "Asuntos de negocios".
Simón no respondió. Se dio la vuelta para mirar por la ventana, dándole la espalda.
Su alianza, construida sobre la conveniencia y la traición compartida, comenzaba a desmoronarse bajo la presión de un silencio que venía de una casona en la Colonia Roma.

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