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Perfume Letal de la Esposa romance Capítulo 110

El artículo online no era más que una breve nota en la sección de sociales, pero para Simón, cada palabra fue una brasa candente sobre su piel.

Lo leyó en su oficina, la pantalla de su computadora proyectando un brillo frío sobre su rostro endurecido.

"...fuentes cercanas a la socialité Valentina Salazar comentan que ha sido una pieza clave en la recta final del concurso MUNAM, proporcionando a Ferrer Arquitectos una 'ventaja competitiva decisiva' gracias a su aguda 'intuición'..."

La furia que sintió no fue caliente y explosiva, sino fría y pesada. Era una furia que nacía del orgullo herido. El proyecto del MUNAM era suyo. Era el culmen de su vida, el trabajo que definiría su legado. Cada línea, cada material, cada concepto había salido de su mente, de noches de insomnio y años de esfuerzo.

Y ahora, Valentina, en una nota de chismes, se estaba atribuyendo el mérito.

No era solo el crédito. Era la implicación. Insinuaba que él, Simón Ferrer, el arquitecto galardonado, era incapaz de ganar por sí mismo. Que necesitaba la "intuición" de su amante para triunfar. Era una humillación.

Cuando Valentina entró en su oficina esa tarde, radiante y ajena a la tormenta que se cernía sobre ella, la encontró cerrada. Inés, su asistente, la detuvo con una profesionalidad gélida.

—El arquitecto Ferrer está ocupado. Ha pedido no ser molestado.

—Pero siempre me recibe —protestó Valentina, desconcertada.

—Hoy no.

Valentina tuvo que esperar casi una hora en la recepción, sintiendo las miradas curiosas del personal. Cuando finalmente la dejaron pasar, encontró a Simón de pie junto al ventanal, de espaldas a ella.

—Simón, ¿qué pasa? Inés estaba muy rara...

—¡No! —dijo ella, su voz ahora teñida de pánico—. ¡No es así! Solo... solo quería que todos supieran lo involucrada que estoy en tu éxito. Lo orgullosa que estoy. Quería que nos vieran como... como un equipo.

La excusa, que en otro tiempo le habría parecido conmovedora, ahora sonaba hueca. Falsa.

Por primera vez, Simón no la vio como la musa comprensiva, sino como una mujer desesperada por la atención. Una mujer que estaba dispuesta a subirse a su éxito, a reclamar una parte de su gloria.

La miró, y la confianza ciega que había tenido en ella durante años sufrió su primera grieta seria. Una pequeña fisura, pero lo suficientemente profunda como para que una nueva y terrible duda comenzara a filtrarse.

—Somos un equipo —repitió ella, casi suplicando.

Él no respondió. Simplemente la miró con una nueva chispa de sospecha en sus ojos, y en ese silencio, Valentina sintió que el suelo bajo sus pies comenzaba, por fin, a desmoronarse.

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