La confianza que Simón sentía por la información robada era una delgada capa de barniz sobre una madera podrida de ansiedad.
Ganar el concurso del MUNAM se había convertido en una obsesión, pero no era la única. La otra, la que lo mantenía despierto por la noche, tenía un nombre: Abril.
Su distancia era una forma de tortura. Un silencio que gritaba más fuerte que cualquier acusación. Necesitaba una reacción. Necesitaba saber que todavía le importaba, que su mayor triunfo profesional significaba algo para ella. Necesitaba una grieta en su armadura de indiferencia.
Sentado en su oficina, con el bullicio de su propio equipo filtrándose a través de la puerta, se encontró marcando su número. Se dijo a sí mismo que era por el proyecto. Una formalidad. Una mentira que ni él mismo creía.
El teléfono sonó tres veces. Se imaginó que no contestaría. Pero lo hizo.
—Diga.
Su voz era tranquila, profesional. Como si contestara a un proveedor. No había calidez. No había familiaridad.
—Abril, soy yo —dijo él, su propia voz sonaba extraña en sus oídos.
—Hola, Simón. Estoy un poco ocupada. ¿Sucede algo?
"Sí", quiso gritar. "Tú sucedes. Nosotros sucedemos". Pero las palabras se atascaron en su garganta.
—Llamaba por el proyecto del MUNAM —dijo en su lugar, aferrándose al pretexto—. Estamos haciendo algunos ajustes finales a la presentación.
Hizo una pausa, esperando. ¿Una pregunta? ¿Una palabra de aliento?
—Entiendo —fue su única respuesta.
Él apretó el teléfono con más fuerza, la frustración comenzaba a hervir en su pecho.
—Estoy seguro de que vamos a ganar —dijo, casi como un desafío. Quería provocarla, sacarla de su calma exasperante.
—Que tengas un buen día.
Y colgó.
El pitido de la línea muerta sonó en el oído de Simón, un sonido solitario y final.
Se quedó mirando el teléfono en su mano, una pieza inútil de metal y cristal. El rechazo, tan perfectamente ejecutado, tan profesional, fue más devastador que cualquier grito o insulto.
No le había dado nada. Ni siquiera la satisfacción de una pelea.
Se levantó y caminó hacia el gran ventanal de su oficina. Miró la ciudad abajo, el hormiguero de gente y coches, y se sintió completamente solo. El poder que tenía sobre ella, el control que siempre había dado por sentado, se había evaporado. No quedaba nada.
Y en ese vacío, una furia impotente comenzó a crecer.

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