Capítulo 374
Mateo me llevó en brazos hasta la bañera.
El agua tibia cubrió mi piel. Sentí el calor abrazar todo mi cuerpo, y al fin el cansancio y la debilidad se empezaron a ir un poc0.
Mateo me miraba fijo desde un costado.
Todo mi cuerpo estaba a la vista.
Miré hacia la pared y dije:
—Quiero agua.
El tipo, para mi sorpresa, obedeció sin decir nada. Se levantó al instante para ir a buscarla, igualito al Mateo de hace tres años.
Me trajo el agua y me dio el vaso.
Pero ni fuerzas tenía para levantar la mano.
Así que él simplemente acercó el vaso a mis labios y murmuró:
—Mejor te la doy yo.
Abrí la boca sin protestar. Me la fue dando de a poco, y me tomó un buen rato terminar el vaso.
El baño caliente me alivió bastante y hasta me devolvió un poco de claridad en la cabeza.
Cuando terminé, me recosté en la bañera y cerré los ojos, más tranquila.
Pero no podía dejar de sentir la mirada penetrante de Mateo sobre mí.
Abrí los ojos despacio, y sí, ahí estaban sus ojos oscuros fijos en mí.
Me lamí los labios y le pedí bajito:
—¿Podrías salir un rato?
—No —contestó, seco.
Bajé la mirada, tapándome el pecho con la mano, sin ganas de discutir.
De repente, se le escapó una risa irónica:
—No es como si no te hubiera visto antes. ¿ Ahora te pones delicada?
Respiré hondo y me quedé callada.
Claro.. ni estando enferma era capaz de decirme una palabra bonita.
Entre más me trataba así, más claro me quedaba que Camila era la preferida... y yo, solo su desahogo cuando estaba enojado o tenía ganas.
Mateo miró la hora y dijo:
—Quédate veinte minutos más en el agua.
Tampoco te vayas a pasar.
No contesté.
En ese momento, sonó su teléfono.
Dijo con voz seria:
—Solo me fui un rato... nada más un rato...
Si no entro, ¿qué hubiera pasado?
Yo solo temblaba, sin saber qué decir.
Ni yo sabía bien cómo pasó todo.
Con la voz débil, dije:
—Perdón...
Me miró fijo mucho rato, sin hablar, y después agarró una toalla y me envolvió.
Me levó a la camay sacó el secador para secarme el pelo. Pero seguia con esa cara de enojo.
Me abracé las rodillas, sin atreverme a moverme ni un poco.
No entendía por qué se había puesto tan mal porque casi me ahogué.
Jamás lo había visto así. Esa rabia... hasta le hacía temblar las manos.
Al rato apagó el secador y mi pelo ya estaba seco.
Se quedó callado junto a la cama y, de pronto, me preguntó:
—Anoche... ¿estuviste con Waylon? ¿Él te hizo algo?

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Nunca conoces a quien tienes al lado (Aurora y Mateo)