Capítulo 365
La fuerza de Waylon era descomunal, me levantó como si fuera un polluelo.
Temblaba de pies a cabeza, pero frente a ese hombre corpulento, no tenía ninguna posibilidad de resistirme.
Intentando mantener la calma, volví a suplicarle que me dejara en paz.
Adolorida, tragué saliva y le dije:
—Señor Dupuis, por favor, cálmese. ¿Qué puede tener de interesante una mujer divorciada como yo?
Ni soy encantadora, ni tengo buen cuerpo. No solo no sabría complacerlo, sino que incluso podría disgustarle.
—Je...
Waylon se rio un poco mientras sus dedos largos acariciaban el borde de mi abrigo, como si en cualquier momento fuera a quitármelo.
Mi corazón latía con fuerza y mi cuerpo temblaba sin control.
—Eso no lo decides tú —dijo él.
—Solo probando se sabrá si me sirves o no. Y, sinceramente, creo que tu cuerpo no está nada mal, señorita Cardot.
Dicho eso, tiró bruscamente de mi abrigo, abriéndolo de golpe.
El frío me golpeó como una bofetada.
Grité, agarrando mi ropa por reflejo, temblando mientras lo miraba con horror.
Waylon tenía una sonrisa sádica. Sus ojos se tiñeron de rojo. En ese instante, parecía un verdadero demonio.
Clavó sus ojos lujuriosos en mi pecho y se burló:
—Mira, hasta sigues con pijama... Qué provocativo...
Se refería a la parte de la pijama empapada en vino, que se había vuelto semi transparente, revelando más de lo que debía.
Sostuve con fuerza el cuello de la prenda, y con voz firme, aunque tensa, le dije:
—Señor Dupuis, le tengo respeto por ser socio comercial de nuestra empresa. Por eso le hablo con
educación. Le ruego que también se respete usted.
—¿Tanta formalidad para qué? — Waylon se burló —A estas horas, tu Mateo debe estar disfrutando de esa niñita delicada. ¿Por qué no vienes conmigo a pasarla bien? Créeme, yo no tengo nada que envidiarle.
—No soy una mujer fácil —respondí, furiosa.
—Si quiere compañía, en lugares como Cielo y Tierra hay muchas mujeres que quieren complacerlo. ¿Por qué venir a hacerme daño a mí?
—¿Para qué complicarse tanto? El placer entre un hombre y una mujer es algo natural, deberías dejar de resistirte y empezar a disfrutarlo.
Luego añadió con sarcasmo:
—Ah, cierto. ¿No quería él que te embarazaras?
Pues bien, déjame ayudarte. Quizás yo lo logre por él. Jejeje...
Se llevó una mano a la boca y soltó una rísa espeluznante.
—Dime, si quedas embarazada de mí, ¿cómo crees que reaccionaría ese hombre?
Un escalofrío me recorrió la espalda como una serpiente venenosa.
Temblaba sin control, como si estuvieraa punto de colapsar.
Desesperada, le decía:
—No, por favor... te lo ruego...no me hagas esto...
En ese momento, estaba completamente sumida en el pánico y la desesperación.
Porque sabía que no había absolutamente nadie que viniera a salvarme.

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