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Nunca conoces a quien tienes al lado (Aurora y Mateo) romance Capítulo 362

Capítulo 362

Mi cara, mis manos y mis pies ya casi no sentían nada del frío.

No sé cuánto tiempo estuve caminando, pero al fin llegué a la farmacia.

El dueño me miró, sorprendido, y enseguida me ofreció un vaso de agua caliente:

—Hace frío afuera, ¿por qué vienes en sandalias?

Agarré el vaso, y el calor que se filtraba a través de las palmas me devolvió algo de sensibilidad en las manoS.

Me froté mi cara casi entumecida y le sonreí:

—Salí con prisa. Se me olvidó cambiarme.

Hice una pausa y le pedí:

—¿Me da dos cajas de analgésicos, por favor?

—Claro, enseguida.

El dueño me trajo las dos cajas y las colocó en una bolsa.

Pagué y, cuando me disponía a salir, él me detuvo:

—Está nevando bastante. ¿Por qué no esperas a que pase? Aquí adentro hay calefacción.

—No, gracias —le respondí, sonriendo un poco.

—Alguien está esperando que le lleve el medicamento, es urgente.

Al salir, escuché al dueño murmurar detrás de mí:

—Con tanta urgencia... ¿cómo se les ocurre mandarte sola a estas horas y con este clima?

Sí, aunque sea urgente, se puede aguantar. Total, la noche pasará igual.

Pero Mateo estaba apurado. No podía soportar que su novia sufriera un segundo más.

Apenas salí de la tienda, el contraste de temperatura me hizo estremecer.

Me envolví aún más en el abrigo, bajé la cabeza y comencé a caminar de regreso al hotel.

De pronto, un auto negro de alta gama se detuvo a mi lado.

Levanté la mirada lentamente y vi cómo se bajaba la ventanilla, revelando la cara cínica y peligrosa de Waylon.

Quedé paralizada al cruzar miradas con sus ojos oscuros. Mi cuerpo ya no reaccionaba del todo, probablemente porque el viento me había dejado medio atontada.

Waylon me sonrió y habló discretamente:

—Vaya, la pequeña secretaria de Mateo caminando sola por la calle... y tan desaliñada.

Su mirada juzgona recorrió todo mi cuerpo, deteniéndose especialmente en mis sandalias.

Le respondí como si nada:

—Salí a comprar medicina.

Y seguí caminando.

—Se equivoca, es un analgésico. Una compañera de trabajo tuvo una recaída.

—Ah... —se rio Waylon.

—¿Te refieres a la niñita frágil esa?

Ignoré su pregunta y contraataqué con tono firme:

—¿Tiene algo importante que decirme? Si no, tengo que irme. Mi compañera me está esperando con urgencia.

—¿Y cuál es la prisa? Si esa niñita se muere, ¿no te da eso más oportunidad con tu querido Mateo?

Le hablé con más dureza, mirándolo a los ojos:

—Señor Dupuis, le pido que cuide sus palabras.

—Ah, cierto. Olvidaba que tú y Mateo fueron esposos. Entonces no es "tener una oportunidad", sino más bien... "reavivar la llama".

Desde que conocí a este hombre, me provocó rechazo.

De no ser por razones laborales, jamás le hubiera dirigido la palabra con cortesía.

El viento helado me lastimaba la cara y me martillaba la cabeza.

Ya no tenía paciencia para seguir con formalidades.

Bajé la cabeza e intenté pasarle por el lado.

Pero justo cuando lo pasaba, él me abrazó por sorpresa...

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