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Nunca conoces a quien tienes al lado (Aurora y Mateo) romance Capítulo 268

Capítulo 268

—Mateo...

De pronto se puso más cariñoso, llenándome de besos calientes.

Me hice bolita para esquivarlo y protesté:

—No hagas eso, en serio tengo que ir a trabajar.

No puedo quedarme con esos 2 mil dólares al mes que me das sin hacer nada, ¿no?

—Pórtate bien y te subo a 10 mil al mes — susurró contra mi piel.

Se me aceleró el corazón. ¡10 mil dólares!

—¿Es en... serio? —pregunté, sintiendo cómo la tentación me ganaba.

—¿Cuándo te he mentido? —respondió con esa voz grave que me pone nerviosa, mirándome con esos ojos oscuros que parecen exigirme algo.

Se notaba que le costaba trabajo contenerse.

Mi corazón latía fuerte. Aunque dudaba, ya me sentía atrapada.

Cuando volvió a besarme, sentí que aceptar su dinero así lastimaba mi orgullo... pero ¿qué otra opción tenía?

Si no aceptaba el aumento, seguiría siendo solo una más en su lista.

¡10 mil dólares al mes!

En tres meses serían 30 mil. Con eso podría irme a algún pueblo lejano, tener a mi bebé y vivir tranquila un tiempo.

Mientras hacía cálculos mentales, Mateo me mordió suavemente el cuello.

—¡Ay, carajo! —grité, sorprendida—. ¿Eres un perro o qué? ¡Siempre mordiendo!

Mateo me miró con esos ojos que parecen leerte el alma:

—¿En quién piensas ahora? ¿En Michael?

Se me trabó la lengua.

Parece que lo de Michael lo marcó para siempre.

—Si tanto lo quieres, ¿por qué no te fuiste con él ayer cuando te di chance? —se rió con sarcasmo

—Aurora, entiéndelo: aunque te guste él, estarás conmigo toda la vida. Solo te librarás de mí cuando me muera.

Lo dijo con una sonrisa llena deodio, y su actitud cambió por completo.

¿Quiere que me enamore de él?

No le contesté sus burlas:

—Todos queremos dinero. Si a ti no te gustara el dinero, ¿para qué trabajas tanto?

—Trabajo por... —empezó, pero se detuvo y me miró con ironía—.

—Olvídalo, eres una sin corazón. Aunque te lo diga, no me creerías.

Qué fastidio este hombre.

Ni siquiera lo intentó. Ya decidió que no le creería.

—Si no quieres decirlo, ni modo —suspiré.

Al final, su dinero no es para mí.

Seguía mirándome tan intenso que me puse nerviosa.

—Jefecito, señor presidente —empujé su pecho —, de veras necesito ir a trabajar.

Pero Mateo me agarró la muñeca y me atrajo contra su pecho...

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