Tartamudeé, aun temblando:
—Yo… yo todavía quiero seguir al lado del señor… disfrutar de una buena vida…
“Darío” me lanzó una mirada de reojo y resopló con desprecio.
—Si quieres seguir al señor, empieza por hacerte más valiente. Mírate, qué inútil… ni siquiera te han tocado con el cuchillo y ya gritabas como si te estuvieran matando.
Después de decir eso, “Darío” se volvió hacia el señor Felipe y añadió con prisa:
—Señor, esta mujer ya no le sirve de mucho, ¿verdad? Mejor déjemela a mí… para calentar mi cama.
—No… señor, usted… usted dijo que, si el plan salía bien, me… me recompensaría…
Bajé la voz a propósito al final, mirándolo con temor, fingiendo inseguridad.
—Ah, ¿sí? ¿También quieres recompensa?
“Darío” resopló.
—Cuando te apuntan con un cuchillo te haces encima del miedo, pero para pedir recompensas sí que tienes valor, ¿no?
Apreté los labios con fuerza y miré al señor Felipe con una expresión lastimera y agraviada.
¿Qué demonios estaba pensando ese viejo zorro?
Sentado ahí, sin decir una palabra, sin tomar postura… resultaba desesperante.
—Señor…
Lo llamé con cautela, temblando sin parar.
En ese momento, un guardaespaldas entró apresuradamente, con pasos nerviosos.
Mi corazón se hundió ligeramente; apreté los dedos con fuerza, temiendo que algo hubiera salido mal en el plan.

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