El señor Felipe inhaló profundamente su puro y soltó lentamente una bocanada de humo.
—Pero tú eres diferente. Ahora eres una informante en la que confía. Su mujer también debería confiar en ti. Dentro de dos días, tendré una transacción importante en el muelle. Le pasarás esa información. Él quiere derribarme, así que, al enterarse, seguro enviará gente para sabotear el trato. Para entonces, yo ya habré preparado alguna trampa. Cuando caiga en ella, irás a buscar a su esposa y le dirás que está en peligro. Ella confiará en ti y llevará gente para rescatarlo. Y ahí… tendremos la oportunidad de capturarla.
Pregunté con cautela:
—Entonces… después de capturarla, ¿qué piensa hacer con ella?
El señor Felipe me miró y sonrió con una amabilidad inquietante.
—Pues… matarla.
Mi corazón dio un vuelco y en mi cara apareció un miedo genuino.
Hasta ese momento, había pensado que, como mucho, la mantendría cautiva para usarla como amenaza.
Pero no… quería quitarle la vida.
Quizá mi expresión de terror fue demasiado evidente.
El señor Felipe volvió a sonreír con esa falsa dulzura.
—Tranquila. No la haré sufrir demasiado. Pero debe morir. Para que el señor Pedro rompa definitivamente con esos viejos, la forma más efectiva es que él vea con sus propios ojos… cómo esos viejos la matan.
Arrugué la frente, confundida.
—Señor Felipe, no termino de entender. Esos viejos saben lo mucho que él la valora. No necesariamente querrán matarla… y aunque quisieran, no dejarían que él lo presenciara, ¿no?

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