La señorita Renata miró a Ricardo con coquetería y suspiró.
—Si tú la quieres comer, entonces iré a prepararla, pero recuerda, esto lo hago por ti. Si esos dos miserables quieren probar, será gracias a ti.
Asentí.
—Sí, sí… todo es gracias al señor Ricardo.
Por dentro no pude evitar pensar: está locamente enamorada.
La señorita Renata nos lanzó una mirada despectiva a mí y a Darío, luego se levantó con elegancia. Ricardo la tomó de la mano y sonrió.
—Sé que eres la mejor conmigo, pero si el señor Felipe se entera de que tú me preparaste la carne, seguro manda a alguien a golpearme.
Al escuchar eso, entendí de repente sus intenciones.
La señorita Renata sonrió.
—Tranquilo, no le diré nada a mi padre. Ya sabes que es un viejo terco y, además, no le caes del todo bien. Si le cuento esto, seguro hasta cancela nuestra boda.
Ricardo asintió con una sonrisa.
—Siempre piensas en todo, Renata.
Pronto, la señorita se fue junto con Alfredo. Cuando ambos desaparecieron de la vista, la sonrisa de Ricardo se desvaneció poco a poco.
Tomó su taza de té, dio un sorbo y miró a Mateo.
—Darío, ya no hay extraños aquí. No necesitas seguir actuando.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Nunca conoces a quien tienes al lado (Aurora y Mateo)