Ojalá nunca hubiera conocido a Camila. Ojalá su madre siguiera viva. Ojalá su padre no hubiera tomado el camino equivocado. Ojalá Aurora tuviera un matrimonio feliz.
Ojalá sus dos sobrinos pudieran llamarlo con esa voz clara y juvenil “tío”, aferrarse a él para que les comprara dulces, juguetes… y llevarlos al parque de diversiones.
Al final, el mayor dolor no era otro que este: haber destruido con sus propias manos todo lo bello que tenía y ni siquiera tener la oportunidad de repararlo.
Esa desesperación y ese arrepentimiento eran como pesadas cadenas, clavándolo al pilar de sus pecados. Cada segundo que seguía vivo era una tortura.
—Tío…
De pronto, la voz infantil de Luki rompió el silencio. Carlos se estremeció. Lo miró con urgencia.
—Sí… Aquí estoy.
Luki levantó su carita, con una expresión seria.
—Ve a preguntarle a esa mujer mala a dónde se llevó a mi papá y a mi mamá. Queremos que regresen pronto.
El corazón de Carlos se contrajo de golpe. El arrepentimiento creció como enredaderas, apretándole el pecho.
Esa pregunta era un recordatorio cruel de que Mateo y Aurora estaban desaparecidos, que nadie sabía si seguían vivos… y que todo eso había sido causado por él y por esa mujer.
Para los niños, él era igual que ella.
El dolor lo invadió. Pero no tenía fuerzas para defenderse. Ni siquiera sabía cómo responder.
Al ver que no decía nada, Luki tampoco insistió.
El silencio lo ahogaba.
Finalmente, Carlos miró a Alan y preguntó con dificultad:
—¿Tú… tienes noticias de Mateo y Aurora?
Alan soltó una risa cargada de burla.

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