El señor Felipe me lanzó una mirada de reojo y luego arrugó la cara al mirar a “Darío”, que seguía con esa expresión feroz.
—Compórtate de una vez. No andes levantando los puños a la menor provocación ni vengas con esa brutalidad tuya. Te entregué a esta mujer, pero no para que la golpees a tu antojo. Si no eres capaz de tratarla bien, entonces me la llevaré. No vaya a ser que tú…
—¡No, señor Felipe!...
“Darío” soltó enseguida un lamento exagerado, casi llorando.
—No puede llevarse a esta maldita puta. Ya me acostumbré a dormir abrazándola por las noches. Si se la lleva, después ya no voy a poder dormir.
—¿Entonces por qué la tratas tan mal?
El señor Felipe le lanzó una mirada de fastidio y siguió regañándolo.
—Es una mujer, no uno de esos brutos que tienes a tu lado. Si no corriges ese carácter tosco que tienes, tarde o temprano vas a terminar espantándola.
Siguiendo las palabras del señor Felipe, me tapé la boca y seguí lloriqueando.
“Darío” se rascó la parte de atrás de la cabeza y dijo con una expresión incómoda:
—Está… está bien. Ya no le gritaré más.
Había que reconocerlo: Waylon sí que actuaba bien.
Interpretaba a “Darío”, de tal manera que no se quedaba muy por debajo de Mateo.
Era evidente que el señor Felipe seguía sintiendo cierto desprecio por la vulgaridad de “Darío”. Le hizo un gesto con la mano.
—Ya, ya. Ponte a un lado.
“Darío” soltó una risa boba y enseguida se apartó obedientemente.
Luego miró a los tres guardaespaldas que seguían en la escalera y le preguntó al señor Felipe con desconcierto:
—Señor Felipe, ¿cómo es que esta noche tuvo tiempo de venir? ¿Y esos tres guardaespaldas? ¿Qué están haciendo?
Mientras hablaba, volvió a mirar a Ricardo y a la señorita Alma, como si recién notara su presencia. Entonces sonrió, sorprendido y algo torpe.

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