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Nunca conoces a quien tienes al lado (Aurora y Mateo) romance Capítulo 2041

Junto a la señora García también estaba de pie un hombre de mediana edad, de porte distinguido, que hacía muy buena pareja con ella. Seguramente era el padre de Ricardo. De repente, me di cuenta de que varias personas importantes estaban en el lugar.

Por suerte, la señorita Alma no estaba allí, porque si ella veía lo que yo estaba a punto de hacer, seguro iba a empezar a darle vueltas a todo otra vez y a sospechar de mi lealtad.

En realidad, antes también había pensado si le debía contar a la señorita Alma sobre la trampa del señor Felipe. Sin embargo, Mateo me había dicho que contárselo a ella no iba a servir de nada; por el contrario, eso solo haría que toda la situación se volviera más complicada y que mi identidad como infiltrada saliera a la luz más fácil.

Después de pensarlo un poco, comprendí que él tenía razón. Si yo le contaba eso a la señorita Alma, lo más probable era que ella se pusiera a la defensiva o actuara de inmediato, y entonces mi identidad como su informante encubierta iba a quedar expuesta por completo.

Aparté esos pensamientos y me volteé para mirar otra vez a "Darío". Cuando vi su mirada serena, me levanté de la silla, tomé la botella de vino y caminé hacia donde estaba el señor Pedro.

El señor Pedro y el señor Felipe, junto con varias personas más, estaban rodeados por un círculo de invitados; formaban un núcleo muy visible en el salón. Si más tarde el señor Pedro de verdad caía en la trampa y se abalanzaba sobre la señora García, con tantos invitados influyentes mirando, por más que él dijera algo, lo más seguro era que no iba a servir de nada. Pensar en eso daba mucho miedo, así que tenía que admitir que la trampa del señor Felipe era en serio cruel.

Sudando por los nervios, la mano con la que agarraba la botella me empezó a temblar. Mientras tanto, el señor Felipe miraba el salón de vez en cuando, como si estuviera supervisando cada detalle.

Por instinto bajé la cabeza, me acomodé el dobladillo del vestido, respiré hondo y fingí que no pasaba nada, mientras iba con cautela hacia esa dirección. Los invitados a mi alrededor conversaban y se reían; nadie me prestaba atención, aunque yo llevaba malas intenciones ocultas.

En el camino, rodeé a una pareja que conversaba con entusiasmo, evité a un mesero que pasaba con una bandeja y me acerqué poco a poco al círculo central. La distancia era cada vez menor, por lo que ya podía escuchar sin problema la voz del señor Felipe y la respuesta serena del señor Pedro. Mi corazón latía cada vez más rápido, casi como si se me fuera a salir del pecho, y hasta mi respiración estaba un poco agitada.

—Señor Felipe, señor Pedro —dije.

Por fin me detuve a unos pasos de ellos e hice un esfuerzo para que mi voz sonara tranquila y natural. Mi interrupción repentina hizo que todos me miraran de inmediato, incluyendo al señor Felipe, con sus ojos analíticos y aparentemente bondadosos, y al señor Pedro, con su mirada penetrante y calmada. Sentí que se me erizaba todo el cuerpo.

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