Ricardo respiraba cada vez más agitado, y se le enrojecieron los ojos, como si su autocontrol por fin se hubiera roto. De repente, le sujetó la nuca a la señorita Alma y, sin darle tiempo a reaccionar, bajó la cabeza y la besó con fuerza.
—Ah… —dejó escapar un pequeño jadeo.
El beso fue intenso y lleno de emoción. Con urgencia, buscó los cierres del vestido de ella, aunque en sus movimientos había también un extraño cuidado; y en pocos segundos, el vestido rojo le cayó hasta la cintura.
Yo… no terminaba de entender los sentimientos de la señorita Alma hacia Ricardo; porque cuando él la tocaba, ella no parecía rechazarlo de inmediato. Sin embargo, cuando él fue más lejos con las manos, ella por fin lo empujó. Tenía los labios un poco enrojecidos, y en lugar de repulsión, sus ojos mostraban solo lucidez… y burla.
—¿Qué haces, Ricardo? —le preguntó, y se recompuso el vestido con calma, aunque su respiración aún estaba un poco agitada—. Yo no soy Renata. Si alguien te viera así conmigo, tu sueño de casarte con ella se vendría abajo.
—¡Que se venga abajo!
Vi a Ricardo en el espejo, con los ojos encendidos, mirándola con una obstinación casi desesperada.
—No quiero pensar en nada más. No me importa nada. Alma, vámonos. Ahora mismo. Vámonos lejos, ¿sí?
La señorita Alma lo miró, sorprendida, y yo también me quedé paralizada; porque el Ricardo que siempre veíamos era calculador e impenetrable. Ella lo observó unos segundos y, de repente, se rio.
—¿Qué te pasa? ¿Mi tío te está presionando demasiado? Pareces al borde de la locura.
Él fue perdiendo esa intensidad poco a poco. Con un movimiento contenido, se enderezó, se ajustó las gafas y dio un paso hacia atrás.
—Perdona. Me dejé llevar.
Habló de nuevo con esa tranquilidad habitual, tan perfectamente medida que parecía una máscara. La señorita Alma sonrió un poco y le dijo:
—No pasa nada. A todos se nos va la cabeza alguna vez. Pero, por la amistad de tantos años, te diré algo.

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