Javier se molestó, como si quisiera aclarar algo; pero Jeison lo jaló hacia atrás. Sin embargo, ante la pregunta de Renata, Alma no explicó nada; solo sonrió y asintió un poco. Renata la miró, despectiva, y le dijo:
—No es que quiera criticarte, pero siendo la señorita mayor de la familia Morales, deberías cuidar un poco tu vida privada. Siempre rodeada de "acompañantes"… si eso se comenta afuera, suena muy mal. No como yo: yo sé cuidarme, y jamás me enredo con hombres de procedencia dudosa.
—Renata… —dijo Ricardo, intentando decir algo más.
Pero Alma se adelantó, sonriente:
—Mira cómo hablas. Yo nunca he sido tan pura y tan noble como tú. Además, mi vida ya es así; jamás pensé en casarme. En cambio tú, Renata, asegúrate de ser feliz con Ricardo.
En cuanto dijo esas palabras, Henry y Ricardo reaccionaron de inmediato.
Me entró una desesperación silenciosa; con lo calculador que era Ricardo, ¿cómo no sabía contener esa reacción delante del señor Felipe?
—Ricardo y yo vamos a ser muy felices —dijo Renata, tomándolo del brazo, orgullosa.
Pero al segundo siguiente, ella volvió a ponerse hostil.
—Aunque, Alma… casarte o no es lo de menos. Solo no te rebajes hasta parecer una… de las que se venden afuera.
—¡Renata!
Me quedé impactada, porque no esperaba que, en un evento así, Renata fuera capaz de humillar a Alma de esa manera. Por suerte, el señor Felipe la detuvo a tiempo y se mostró severo:
—Esta noche vinieron familias influyentes. Tú eres la anfitriona. Mide tus palabras y compórtate.
Indignada, Renata respondió, ofendida:
—Ya sé… Yo ni dije nada.
Con una sonrisa conciliadora, el señor Felipe suspiró, sacudió la cabeza y le dio unas palmaditas en el hombro a Alma.

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