El salón del banquete estaba instalado en el jardín al aire libre, justo en el centro de la mansión. Cuando nos acercamos, vi incontables autos de lujo estacionados alrededor. También había guardaespaldas patrullando por todas partes; y solo el despliegue exterior ya era descomunal.
Miré de reojo a "Darío" y le sonreí.
—Pero si esto es solo un banquete de bienvenida, ¿por qué tanta parafernalia? Mire esos guardaespaldas… hay capas y capas. Da hasta miedo.
"Darío" me miró y me respondió, rudo:
—¿Tú qué vas a saber? La señorita Renata es la joya más querida del señor Felipe. ¿Qué tiene de raro que refuercen la seguridad? Y escucha bien: esta noche vienen puros pesos pesados de Valkitlaz. Cuando entres, compórtate. No causes problemas. Haz lo que el señor Felipe ordenó, y ya.
—Sí, sí, claro, claro —contesté risueña, fingiendo emoción; los haces de luz que se elevaban desde el recinto me tenían deslumbrada.
"Darío" se rio un poco, resignado. Después de un momento, dijo:
—¿Te da envidia, verdad? Si me atiendes bien, quién sabe… quizá algún día me den ganas de casarme contigo. Y entonces también te haré un banquete así de grande.
Sentí una emoción dulce. "¿Mateo me estaba insinuando que esa boda grandiosa que alguna vez me prometió seguía en pie?", pensé. Tuve que contener mis sentimientos.
—¿De verdad? Entonces lo atenderé como se debe — le respondí con una sonrisa exagerada—. ¡Qué alegría! Si me caso con usted, ya no tendré que preocuparme por nada. Darío, usted sí que es un hombre de verdad.
Él solo se rio un poco, sin decir nada. Pronto llegamos a la entrada del banquete. Nada más bajar del auto, dos guardaespaldas se acercaron para registrarnos. "Darío" se molestó.
—¿Qué hacen? ¿Ya ni me reconocen?
—Perdón, Darío. Todos los invitados deben ser revisados. No podemos hacer excepciones.
—¿Cómo que no pueden? ¡Abran bien los putos ojos, vengo de parte del señor Feli…!

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