Con esa sensación de calma, me sentí muy cansada y somnolienta, como si me hubieran quitado una gran carga de encima. La luz amarilla tenue de la lámpara de pared bañó la habitación, manteniendo a raya el frío de la noche.
Mateo me cargó y caminó despacio; sentí el roce de la bata en la mejilla, impregnada del aroma a jabón que traía encima, y eso me fue hundiendo en el sueño. Sin darme cuenta, escondí la cara en su cuello, la punta de mi nariz rozó su piel tibia, y mi respiración se fue haciendo lenta y tranquila.
Pero cuando salimos del baño… había que seguir actuando. Yo ya no tenía fuerzas ni para hablar; en cambio, Mateo me dijo:
—¡A ver si se te quita lo brava, puta de mierda! ¡Con cuatro veces ya te dejé desmayada! Si vuelves a desafiarme, a usar al señor Felipe para aplastarme, ¡te hago morir en la cama! ¡Puta, siempre desobediente!
Me dirigió las palabras más vulgares, pero al mismo tiempo me acostó en la cama con una delicadeza que no se parecía en nada a sus insultos. Tuve que hacer un esfuerzo por no reírme. En serio, si yo hubiera tenido el celular a la mano, le habría grabado todas esas groserías y luego se las habría puesto a Alan, solo para verle la cara de sorpresa.
—Carajo… siempre desmayándote —me gritó Mateo otra vez, fingiendo desprecio—. Y todavía con el pelo mojado. ¿Así cómo se supone que yo duerma? ¡Muévete!
Con la risa muy contenida, me metí bajo las cobijas. En serio, ver a Mateo haciendo de bruto grosero era demasiado gracioso. Él me miró y siguió con su actuación, igual de malhablado:
—Bah, ya. Te lo seco yo… no vaya a ser que te enfermes y luego tengas todavía menos fuerzas.
Mientras decía eso, fue por el secador y, de paso, pateó un banquito para que hiciera ruido, como si estuviera furioso. Al poco rato regresó con el aparato, se sentó al borde de la cama y empezó a secarme el cabello con mucha paciencia. Y claro, en cuanto el secador sonó, sus insultos de mentira tampoco pararon. Además, como le habíamos hecho creer a quien escuchaba ese micrófono que yo ya estaba "desmayada", no necesité decir ni una sola palabra.
Me recosté en la cabecera; no pude dejar de sonreírle.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Nunca conoces a quien tienes al lado (Aurora y Mateo)