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Nunca conoces a quien tienes al lado (Aurora y Mateo) romance Capítulo 1939

—Morir da miedo, sí, pero ¿qué sentido tiene seguir viviendo de esta forma tan "sucia"? ¡Ustedes, gente malvada, han cometido todo tipo de atrocidades y aun así duermen con la conciencia tranquila! ¡Voy a pelear contigo! ¡Te voy a enfrentar hasta el final!

Después de decir eso, me abalancé sobre él. Tenía que admitirlo: ese arranque de ira venía lleno de muchas emociones personales y no había forma de evitarlo, porque este hombre siempre me hacía perder la paciencia. Sentía tantas ganas de morderle el cuello con rabia que apenas podía controlarme.

Él no opuso resistencia y dejó que lo derribara sobre la cama, aunque por supuesto no se olvidó de seguir con su actuación. Me miró con mucha seriedad; sus manos no intentaban detenerme, pero su boca no paraba de decir insultos, y además, usaba las palabras más fuertes.

—¡Maldita loca, se te zafó un tornillo! ¿Cómo te atreves a levantarme la mano? ¡Veo que ya no quieres vivir, te hace falta que te dé tu merecido! ¿En vez de dormir vienes aquí a hacerte la víctima? ¿Crees que no soy capaz de matarte de verdad?

—¡Pues hazlo! —grité mientras lloraba, furiosa, y empecé a golpearlo con los puños.

Él no me detuvo. Siguió maldiciendo, pero me dejó desahogarme durante un buen rato, hasta que por fin se volteó y me inmovilizó bajo su cuerpo. Me sujetó con fuerza de los hombros y se veía muy molesto.

—¡Duérmete de una vez, maldita! No creas que no me atrevo a pegarte. Si sigues molestándome, te saco de aquí y te regalo a los demás.

Mientras gritaba, él se fijó en el lugar donde estaba escondido el micrófono. Era una advertencia clara de que había un aparato escuchando y que no debía seguir con el espectáculo.

Apreté los labios con fuerza. Al final no me atreví a seguir provocándolo y solo me quedé llorando en silencio; las lágrimas me caían todavía más, en parte por la actuación y en parte porque de verdad me sentía herida.

—¡Llora, llora, si eso es lo único que sabes hacer! —exclamó él.

Aunque seguía insultándome, sus ojos mostraban algo muy complejo, pues se veían llenos de ira pero también de preocupación. Por muy bien que alguien finja, los ojos nunca mienten. Era Mateo, y aun así seguía sin admitirlo, lo que me daba una rabia tremenda.

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