Mientras yo movía la cama y me quejaba, maldiciendo por dentro, de repente también se empezaron a escuchar en el baño los jadeos fuertes del hombre. Me quedé paralizada del impacto. Me preguntaba si Darío era tan precavido y meticuloso que hasta le preocupaba no hacer suficiente ruido y levantar sospechas entre los que estaban afuera. Me tapé la cara, muerta de la vergüenza, mientras que con la otra mano seguía moviendo la estructura de la cama.
Así pasó más de una hora. Tenía los brazos molidos y la garganta totalmente ronca. Por fin, Darío salió del baño y me hizo un gesto para que me detuviera. Paré de inmediato y me dejé caer, agotada, apoyándome en el respaldo de la cama. Su mirada ya no se sentía tan intensa como antes; el deseo en sus ojos también se había calmado bastante.
Él me miró un momento, viendo lo mal que me encontraba, y de pronto sonrió un poco. En ese instante volví a ver el reflejo de Mateo; pero no me atreví a preguntarle nada, pues era mejor esperar a una oportunidad más segura. Después de todo, si me había hecho participar en una escena tan humillante, eso también quería decir que no tenía intenciones de tocarme de verdad. Con eso, mi miedo y mis nervios se calmaron un poco.
Dentro del cuarto todo quedó callado. Al poco rato, desde afuera volvieron a escucharse las risas de los guardaespaldas.
—Por fin terminó. Darío es un fenómeno, para aguantar tanto tiempo… —dijo uno de ellos.
—Claro que sí, nuestro jefe es el mejor —respondió otro.
—A saber si la cama no terminó dañada. Darío, abra la puerta, déjenos entrar a ver… —insistió un tercero.
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