Todo mi cuerpo se estremeció; yo misma quedé sorprendida. Cuando dije que el señor Pedro vendría a rescatarme, en realidad solo estaba apostando. Pensaba que Mateo estaba trabajando para él, y que, si sabía que yo estaba en peligro, sin duda le pediría ayuda al señor Pedro.
En el fondo, no era más que una suposición. Incluso llegué a pensar que, si el señor Pedro no venía, al menos podría ganar algo de tiempo para ver si la señorita Alma encontraba la manera de salvarme. Pero jamás imaginé que el señor Pedro de verdad aparecería... y menos que lo haría justo en este momento.
Los tres hombres quedaron asombrados.
El señor Felipe me miró con una atención intensa.
—Parece que esta mujer decía la verdad. En efecto, la mandó el señor Pedro para infiltrarse junto a la señorita Alma —dijo Ricardo primero.
Después de que dijo eso, las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas.
—Yo solo quería irme de aquí sana y salva con mi esposo. Si no me hubieran obligado con métodos tan bajos, jamás habría traicionado al señor Pedro. Después de todo, él me prometió que me dejaría marchar... —dije entre sollozos.
El señor Felipe hizo girar el puro entre los dedos y me dedicó una sonrisa amable.
—No temas. Aunque hayas traicionado a Pedro, aquí estoy yo. No voy a permitir que te haga daño alguno. Eso sí... cuando él entre en un momento, ya sabes qué tienes que decir y qué no, ¿verdad?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Nunca conoces a quien tienes al lado (Aurora y Mateo)