No le respondí a esa frase; solo le pregunté:
—Entonces… ¿lo mataste con tus propias manos?
—Ja, ja, ja —la señorita Alma se rio un poco—. No le di una muerte tan fácil. Me limité a observarlo, a verlo sufrir hasta no poder más. Pero era en serio obstinado: aun en ese estado, no quiso darme ni una sola explicación; lo único que pedía era que lo matara. Al final, ordené que lo torturaran del modo más cruel. Solo después de que murió fui a verlo. ¿Adivinas en qué estado quedó?
Negué con la cabeza. Los escalofríos me treparon por la espalda. La señorita Alma sonrió un poco y dijo:
—Estaba irreconocible. Su cuerpo no tenía un solo lugar intacto —bajo la luz de las estrellas, me pareció distinguir lágrimas en su cara—. Por eso odio. Odio a Gonzalo, y odio a Pedro, que fue quien lo envió a engañar mis sentimientos. Fue mi primer amor, ¿lo sabes? Yo también llegué a imaginar un futuro hermoso con él. Pero todo eso, por estas luchas de poder, se hizo añicos. A veces, de verdad, detesto todo esto… pero no puedo irme. Porque aún tengo que vengar a mis padres.
Me quedé paralizada.
—Entonces… ¿tú también crees que la muerte de tu padre fue sospechosa?
La señorita Alma guardó silencio un par de segundos antes de responder despacio:
—Sospeché del señor Felipe, pero no tengo pruebas. Aunque no pertenece al linaje principal de la familia Morales, después de tantos años ha acumulado conexiones y poder dentro del clan, y no es alguien a quien yo pueda enfrentar sin más. Solo si encuentro pruebas de que fue él quien causó la muerte de mi tío mayor y de mi padre, voy a poder movilizar a todas las fuerzas de la familia Morales contra él.

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