En cuanto Henry terminó de hablar, escuché una risa perezosa de repente.
Al instante, Henry se tensó entero y se quedó mirando fijamente hacia la puerta. Ya de por sí su figura era erguida; al ponerse tenso así, parecía un poste de luz.
Me aparté enseguida para no bloquear la vista de la señorita Alma hacia Henry. Con solo una mirada de ella, él volvió a bajar la cabeza, sin remedio, inseguro y retraído ante ella como siempre.
Aun impactada, tomé la iniciativa de saludarla:
—Señorita Alma, buenos días. ¿Por qué no durmió un poco más?
—Ustedes me despertaron.
La señorita Alma se apoyó con desgana en el marco de la puerta, levantó la mano y se cubrió los labios mientras bostezaba. Hoy llevaba un pijama de algodón muy bonito, que le quitaba parte de su habitual distancia seductora y le añadía un aire juguetón y adorable.
—A ver, dime —le preguntó de nuevo a Henry, con una sonrisa despreocupada—, ¿a quién le crees tú?
Henry:
—Yo... yo solo le creo a usted, señorita Alma.
—Claro —añadí de inmediato—. Justo estábamos hablando maravillas de usted, señorita. Además, usted no sabe cuánto la admira y la venera Henry.
—¿Así que eso es admiración? Ni siquiera se atreve a mirarme a los ojos.
—Señorita...
Henry la miró enseguida. En sus ojos se mezclaban inferioridad, contención y resignación.
La señorita Alma le lanzó una mirada indiferente, se enderezó y dijo con pereza:
—Ya está, vayan a hacer lo que tengan que hacer y no me molesten para dormir.
Dicho esto, la señorita Alma se fue.
Henry se quedó ahí de pie, cabizbajo, apretando con fuerza la vara de entrenamiento. Aunque no sabía cómo consolarlo, traté de decirle algo con cautela:
—Henry, no te pongas...
—¿De qué sirve tener buen cuerpo? Ni siquiera me mira. Aunque me quedara desnudo frente a ella, no serviría de nada.
Alcé una ceja, con una sonrisa pícara:
—Pues pruébalo, desnúdate delante de ella a ver qué pasa.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Nunca conoces a quien tienes al lado (Aurora y Mateo)