Me asusté tanto que me senté de golpe en la cama.
—¿Tú qué haces aquí? —le pregunté.
Miré para todos lados y me acordé de todo en un segundo. Era cierto, la señorita Alma ya me había sacado de la jaula y este era el cuarto que ella me había dado especialmente.
—¿Quién te dio permiso de entrar? —le dije con mucha seriedad—. Este es mi cuarto, ¡lárgate de aquí!
Jeison me miró con una sonrisa cruel.
—Vaya, sí que eres lista, ¿eh? —dijo él—. Lograste engañar muy rápido a la señorita Alma para que te sacara de la jaula. Qué lástima que no te fuiste con el señor Pedro; con tus mañas, seguro ya estarías en su cama.
Se le notaba el odio en la voz. Hasta ese momento seguía sin entender por qué me tenía tanto coraje. Como sabía que Mateo estaba con el señor Pedro, le respondí a propósito:
—Entonces, si te crees tan capaz, llévame tú mismo con él.
Jeison se molestó todavía más y me lanzó una mirada de mucho desprecio. Apretó los dientes y habló entre dientes:
—No entiendo qué te ven, eres una mujer cualquiera. ¿Por qué todos se vuelven locos por ti?
Me molesté por la locura y los celos que se le veían en los ojos. No pude evitar pensar si estaba enfermo. Yo era una mujer y él era un hombre, ¿en serio tenía que tenerme celos e insultarme así? Mientras pensaba en eso, de repente Jeison estiró la mano para agarrarme. Me asusté y me hice para atrás de inmediato.
—¿Qué te pasa? ¡Aléjate de mí! —le grité.
—Tranquila —se rio, molesto—. Una mujer tan sucia como tú… aunque me la regalaran, me daría asco.
—Entonces ya pues lárgate. ¿Para qué te metes a mi cuarto si no es para molestarme? ¡Fuera! —le grité, tratando de verme tranquila.

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