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Nunca conoces a quien tienes al lado (Aurora y Mateo) romance Capítulo 1792

La expresión Jeison cambió al instante, aunque intentó controlar el pánico y forzó una sonrisa frente a Pedro.

—¿Qué... qué significa esto, señor Pedro?

En el fondo, el miedo era real porque Pedro no era como la señorita Alma. A ella podía complacerla, ganarse su aprecio, incluso soportar sus caprichos; cuando ella apuntaba con un arma, por lo general solo lo hacía para asustarlo, no para disparar.

Pero con Pedro era distinto. En toda la finca, su posición era intocable; si en ese momento le disparaba y lo mataba allí mismo, nadie se atrevería a decir una sola palabra. Tal vez la señorita Alma se indignaría, pero ¿qué podría hacer? Ella y Pedro eran enemigos; aunque protestara, no tendría cómo confrontarlo.

Por eso, con el cañón de esa pistola apuntándole directamente, sintió miedo.

Podía apretar el gatillo en cualquier momento, y lo sabía.

—Hace tiempo que no disparo, podrías servirme para practicar —Pedro sonrió.

Jeison se puso pálido por completo.

—Yo... al fin y al cabo, pertenezco a la señorita Alma. Si me hace esto... —le temblaba la voz.

¡Bang!

No alcanzó a terminar la frase; Pedro disparó sin dudar. La bala le rozó el hombro, no fue mortal, pero bastó para dejarlo blanco y hacerlo caer al suelo de golpe.

El eco del disparo rebotó por el salón; el humo se dispersó despacio desde la pistola.

Pedro guardó el arma con calma, se acercó a él y sonrió con desprecio.

—Por hoy te doy solo una pequeña lección. Cuando dejes de ser el favorito de tu señora, te haré probar un sufrimiento tan grande que no vas a saber si prefieres vivir o morir. Así van a aprender ustedes, los amantes arrogantes, a recordar su lugar.

Su tono sonaba tranquilo, casi educado, pero cada palabra helaba la sangre.

Jeison, con el hombro botándole sangre, lo miró con los dientes apretados. En sus ojos había miedo, pero también una desazón de rabia e impotencia.

—Muchas gracias, señor Pedro, por perdonarme la vida.

Pedro se rio un poco y salió con sus hombres. Uno de los guardaespaldas le dijo en voz baja, con cuidado:

—Señor, él es el favorito de la señorita Alma... hacerle eso quizá...

—No importa.

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