Me asusté y forcejeé mientras gritaba:
—¿Qué hacen? ¿Qué van a hacer?
Uno de los sirvientes respondió en un tono inexpresivo:
—La señorita Alma quiere verte.
El corazón se me aceleró del susto.
Tal como lo había imaginado, era ella la que había llegado. Por todo ese espectáculo, estaba claro que quería darme un escarmiento desde el principio.
Las manos de los sirvientes me apretaron las muñecas con tanta fuerza que me dolía hasta en los huesos, como si fueran a rompérmelos.
No me atreví a forcejear mucho; si lastimaba al niño, tenía miedo de no sobrevivir ni siquiera a ese día.
Cuando me sacaron arrastrada del auto, una ráfaga de viento muy frío se me coló por el cuello.
No pude evitar estremecerme y, cuando levanté la vista, lo que vi me dejó helada.
En medio de ese desierto, había cinco Maybach negros estacionados.
Los autos reflejaban una luz metálica bajo el cielo nublado; parecían amenazantes, como si estuvieran listos para devorar a cualquiera.
La puerta del auto del medio estaba abierta; una alfombra roja salía desde el interior hasta mis pies. En los bordes de la alfombra, unos hilos dorados formaban un dibujo de serpientes enredadas que me puso los pelos de punta.
En el asiento de atrás del auto estaba sentada una mujer que llevaba un vestido rojo vino y pegado al cuerpo, con un cigarrillo fino entre los dedos.
Entre el humo que subía despacio, fijó la mirada en mi vientre y me inspeccionó de una forma descarada, cruel y agresiva, como si estuviera a punto de atacarme.
Esa tenía que ser la señorita Alma de la que todos hablaban. Su presencia era imponente, nada inferior a la de Jeison, que estaba a su lado.
A simple vista parecía tener unos veintisiete o veintiocho años; su maquillaje era impecable; su cara, tan perfecta y llamativa que, con solo mirarla una vez, parecía opacar todo lo que tenía alrededor.
No había duda de que ella y Pedro eran hermanos: su belleza era igual.
Pero la de ella era mucho más impactante; la agresividad que tenía en las cejas y en los ojos casi le quitaba parte de su encanto.
Lo que más llamaba la atención era la pulsera con forma de serpiente que tenía en la muñeca: los ojos del animal, que tenían rubíes, brillaban cuando se movía, como si la serpiente se me fuera a tirar encima en cualquier momento.
—¿Así que tú eres la mujer que Jeison trajo desde la ciudad de subastas después de recorrer medio mundo?

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