—¡Basta! ¿En serio crees que tengo algún sentimiento especial por esa mujer? No solo no creo que siga viva, sino que aunque lo estuviera, ¿y qué? No pienses que puedes usarla para controlarme. No es más que una mujer cualquiera, y encima muda. ¿Crees que yo, Waylon, me voy a preocupar por eso? Ja, ja, ja... ¡Nadie va a usar nada para amenazarme!
Sofía bajó la mirada. Las lágrimas se le empezaron a salir, una por una.
Con eso, por fin, ya tenía que haberse rendido, ¿no?
La posición de Waylon era más que clara: aun si ella seguía viva, él no iba a ceder por ella.
Por eso, Mateo pensó que lo mejor era devolverle esa mujer a Pedro.
Primero, no iba a romper la felicidad que ella tenía ahora; segundo, iba a evitar empeorar el problema con Pedro.
Y sobre Waylon...
Que se aguantara, que se quedara sin esposa.
—En ese caso, no hay nada más que decir. Adiós —dijo Mateo tranquilo, y colgó.
En cuanto terminó la llamada, creyó oír un poco los gritos enloquecidos de Waylon en el teléfono.
Mateo quedó extrañado. Para él, Waylon estaba loco en serio.
Si no quería ayudar, que no ayudara.
Si no le importaba la vida o la muerte de Sofía, que no le importara.
Él no lo había obligado a nada, ¿por qué ponerse a perder el control así?
Poco después, Waylon volvió a llamar.
Mateo miró a Sofía, esperó un momento, aceptó la llamada y activó el altavoz.
De inmediato, la voz firme e intensa de Waylon se escuchó en el auto:
—Te lo digo claro: en este mundo no hay nada que valga la pena para que yo me preocupe. Así que deja de buscar mi punto débil para amenazarme.
—Ah, entendido —respondió Mateo sin importancia, y volvió a colgar.
Los ojos de Sofía estaban rojos e hinchados. Se secó las lágrimas, tomó el papel y el lapicero, pero pasó un buen rato sin escribir una sola palabra.
Mateo arrancó el auto en silencio.

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