Josiah miró a Camila, que se retorcía en el suelo gritando de dolor.
Al final, no pudo aguantar más y cayó de rodillas; se tapó la cara y rompió en llanto, lleno de dolor y arrepentimiento:
—Esa noche... ella entró de repente a mi cuarto. Tenía muy poca ropa y no paraba de tirárseme encima. Dijo que no se sentía bien. Yo le dije que iba a mandar a alguien para que la llevara al hospital, pero ella dijo que no hacía falta. Me agarró de la mano y me pidió que le hiciera un masaje en el pecho, que así se le iba a pasar... Yo tampoco sé qué me pasó, solo... solo que... terminamos en la cama, y lo que pasó después... yo... yo...
Al verlo tan avergonzado, incapaz siquiera de terminar la frase, todos entendieron de una vez lo que había pasado.
Alan abrió los ojos, incrédulo:
—Espera... si no estoy entendiendo mal, en ese momento ella todavía estaba con tu hijo. ¿No era la prometida de tu propio hijo? Entonces tú... tú... ¿te acostaste a escondidas con la mujer de tu hijo? Dios mío... qué tipo de papá...
—No digas más... te lo ruego, no digas más...
Ahora Josiah sí sabía lo que era la vergüenza, sí sabía lo que era la culpa.
Se cubría la cara sin atreverse a mirar a Carlos. Y Carlos, en ese momento, estaba completamente pálido. Todo el cuerpo le temblaba; en sus ojos no quedaba más que tristeza y una ironía amarga.
Apretó los puños y le preguntó, aún sin poder digerirlo:
—Entonces dime... ¿cuándo empezó todo esto? ¿Cuántas cochinadas hicieron a mis espaldas? —lo último lo gritó con una voz desolada e impotente.
Josiah lloraba desconsolado, como si le hubieran arrancado el corazón.
—¡Habla! ¿Cuándo pasó exactamente? —Carlos lo agarró del cuello de la ropa y gritó.

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