—No va a ser así...
—¡Cállate! —el guardaespaldas me volvió a gruñir y se burló con crueldad—. Ustedes los ricos son los que menos cumplen su palabra. Nuestro jefe cayó justamente por creerse las mentiras de un rehén y acabó muerto, sin que quedara nada de su cuerpo. Desde entonces juramos que jamás, jamás íbamos a volver a creer ni una sola palabra de un rehén, así que di una palabra más y vas a ver si no te arranco la lengua.
Bajé la mirada y ya no me atreví a decir nada.
Gente como ellos, criminales que se juegan la vida, no eran personas a las que pudiera provocar.
Pero si ni siquiera podía convencer a estos asesinos, ¿qué otro método me quedaba para salvarnos?
Con el movimiento del auto, la cabeza me empezó a pesar cada vez más.
Tal vez actué muy bien frente a Camila; el corte fue más profundo de lo que pensaba. Sentía cómo la sangre salía sin parar por el cuello y me mojaba la ropa.
Se me nubló la vista y empecé a perder las fuerzas.
“¿Qué hago...?”
“No me puedo desmayar, Aurora, no puedo. Si pierdo el conocimiento, ¿cómo voy a buscar una oportunidad para huir con los niños?”
Me mordí fuerte el labio para mantenerme despierta.
No sirvió de nada. La cabeza me pesaba cada vez más y la conciencia se me iba apagando poco a poco.
Ya no pude resistir, pero también me dio miedo que si me desmayaba, los niños se asustaran más.
En el instante en que perdí el sentido, les susurré a Embi y a Luki, que estaban en mis brazos:
—Tengo sueño… yo… voy a dormir un rato…
Apenas dije eso, me desmayé.
***
—Mateo, no te desesperes. Si Aurora se atrevió a ir sola, es porque tenía algún plan —dijo Alan, mirando con cuidado a Mateo, que estaba de perfil y muy tenso.
Mateo no respondió. Siguió mirando al frente mientras manejaba, pero tenía las manos agarradas al volante tan fuerte que los nudillos se le habían puesto blancos del miedo y la angustia.
Él sabía muy bien que Aurora no había ido porque tuviera un plan, sino porque no le dejaron otra salida.

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