Me llamó por mi nombre, pero no se dio la vuelta. Solo remarcó con voz grave:
—Acuérdate bien de esto —enfatizó—: pase lo que pase, a este niño no le puede pasar nada. Si le pasa algo, no voy a salvar a Embi.
Me quedé viendo el techo, pasmada, con una sensación amarga en el pecho. El hijo que esperaba de Javier terminó siendo la moneda de cambio para salvar a Embi, qué irónico.
Los dos días siguientes, Javier me cuidó con un esfuerzo casi obsesivo. Me preparaba una comida nutritiva tras otra. Al fin y al cabo, él era doctor; aunque no hubiera otros médicos, podía usar esos aparatos para checar cómo estaba el bebé en mi panza.
Pero lo que más me ponía nerviosa no era el embarazo. Era Mateo. Ese día vomitó muchísima sangre y no sabía cómo estaba ahorita. Esa mañana, Javier subió como siempre a traerme de comer. Sin darle vueltas, le pregunté directo por él. Ya no tenía valor para llamarle yo misma, ni para preguntarle a Alan. Solo le podía preguntar a Javier. De todos modos, ya no tenía que fingir nada frente a él, y mucho menos hacer como que me caía bien. Javier dejó la comida en la mesita frente a mí. Su expresión no decía nada, pero mirada penetrante era suficiente.
—No sé —me contestó con un tono tranquilo.
—Entonces ayúdame a saber cómo está —le dije sin emoción—. Si no puedes, lo voy a hacer yo misma.
Me observó en silencio un buen rato. Al final me dijo:
—Está bien. Come primero. Ahorita mismo voy a mandar a alguien a que investigue.
No le dije nada más. Agarré el plato y empecé a comer. Solo en ese momento, en sus ojos se vio un poquito de cariño. Me quedó viendo hasta que me terminé cada bocado. Después juntó los platos y salió. Antes de que cerrara la puerta, le dije en voz baja, pero con firmeza:
—No se te olvide preguntar cómo está Mateo.
Se detuvo un segundo. Después de un momento, me contestó sin voltear:
—Ya sé.

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