Mateo no dijo nada más; simplemente me abrazó en silencio. No fue sino hasta que el dueño llevó la sopa de mariscos y la pasta a la mesa que él me soltó, aunque se notaba que no quería hacerlo. El dueño nos sonreía y nos decía que la juventud era linda, y que una pareja joven como nosotros se veía muy bien. Sonreí con algo de pena porque Mateo y yo ya llevábamos años de casados; ¿a poco todavía parecíamos una pareja joven? A él, en cambio, parece que le gustó el comentario porque le pidió más cosas al señor y, cuando nos fuimos, hasta le dejó una buena propina en la mesa.
Mateo no tuvo prisa por llevarme de regreso; me agarró de la mano y seguimos caminando un rato por el mercado nocturno. No sé por qué, pero al sentir ese ambiente tan común, mi corazón se sentía muy tranquilo y en paz. Al lado de la calle había un puesto de flores; yo ya no estaba en edad para esas cursilerías románticas, pero aun así él me llevó de la mano hasta ahí. Era principios de primavera y había muchísimas flores; tenían ramos de todo tipo puestos en el piso.
Sin preguntarme cuáles me gustaban, Mateo le dijo al vendedor que me diera un poco de cada una. Me le quedé viendo, sin saber qué decir. ¿Quién compra flores de esa manera? Había que admitirlo: Mateo era un hombre muy cuadrado. Si no lo fuera, no hubiera necesitado que yo le explicara todo tan clarito para entender lo que sentía por él.
—¿Qué pasa? ¿No te gustan las flores? —me preguntó desconcertado. Se quedó callado un momento y luego añadió, algo confundido—: ¿No se supone que a las mujeres les encantan las flores?
—No dije que no me gustaran —le sonreí y le apreté la mano.

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