Cuando regresé al cuarto del hospital, los dos niños ya estaban bostezando sin parar y tallándose los ojos. Era lógico, pues ya pasaban de las nueve y era hora de que se durmieran.
Mateo me sonrió y me estiró la mano; yo caminé hacia él de forma natural y entrelacé mis dedos con los suyos. Me levantó la mano, besó el dorso y dijo, con una sonrisa algo resignada:
—¿Y ahora qué vamos a hacer? A estos dos pequeños ya les dio sueño. ¿Tú también tienes sueño? ¿Por qué no los llevas de regreso a la casa para que descansen?
—¿Y tú qué vas a hacer? —le pregunté. Durante estos días había sido Alan el que se había quedado cuidándolo; hoy él no estaba y, si yo también me iba, ¿no se iba a quedar solo toda la noche? ¿Y si pasaba algo? Pensando en eso, moví la cabeza de un lado a otro y le propuse—: ¿Y si esta noche nos quedamos todos aquí contigo?
Era una habitación VIP de lujo que tenía de todo; además había otra cama al lado y con los dos niños dormíamos perfectamente.
—Yo me quiero quedar aquí con papi —se apresuró a decir Embi.
Luki también asintió de inmediato:
—Yo igual, quiero estar con papi y mami.
Sonreí al mirar a Mateo; ya no era nada más yo la que quería quedarse, pues los dos pequeños tampoco se querían ir. Mateo movió la cabeza de un lado a otro, sin poder hacer nada:
—Mejor regresen a la casa a dormir —nos dijo—. Al final, el hospital no es como estar en la casa y mañana temprano los niños tienen que ir a la escuela. Sean buenos y váyanse a descansar, que yo también me voy a dormir en un ratito.
Tenía razón, casi se me olvidaba que Embi y Luki tenían clases al día siguiente. Le sonreí y le dije:
—Está bien entonces. Me los llevo primero y mañana por la mañana vengo a traerte el desayuno.
Mateo asintió con una sonrisa, aunque en sus ojos todavía se notaba claramente que no quería que nos separáramos; su mano grande seguía agarrando la mía con mucha fuerza.
El corazón se me ablandó y no pude evitar darle un beso en la frente. Me le acerqué al oído y le susurré:
—Descansa temprano, ¿sí? Y no me extrañes demasiado.
A Mateo le agradó por mi comentario:
—Aurora, ¿no crees que te estás volviendo un poco traviesa?
Incliné la cabeza y le sonreí:

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