Ahí estaba mi papá, que se había desaparecido por varios días. Caminaba de un lado a otro frente a la entrada de la escuela y miraba hacia adentro a cada rato, como si estuviera esperando algo. Apenas me acerqué, me vio y corrió hacia mí; ahí me di cuenta de que traía varios juguetes en la mano. Me molesté un poco y sentí una ironía amarga. ¿Ahora sí se acordaba de que tenía dos nietos adorables?
—Aurora… —dijo con una sonrisa demasiado amable—. ¿Cómo es que hoy viniste tú a recoger a los niños? Justo pensaba que cuando salieran podíamos ir a cenar juntos. No sabes qué molesto es: todos los días esa doña Godines viene con los guardias a recogerlos y no me dejan verlos. ¡Qué gente tan odiosa! Si hubiera sabido, la despedía desde el principio. ¡Yo fui su primer jefe! Y no la trataba mal. Pero ahora que está con Mateo, se cree mucho. ¡Me saca de quicio!
Lo miré muy seria.
—¿Qué quieres?
Mi papá volvió a sonreír de forma exagerada.
—Últimamente extraño mucho a esos niños. Quería venir a verlos. Aurora, ya estoy viejo, de verdad quiero disfrutar un poco de mis nietos. ¿Por qué no me dejas llevarme a Embi y a Luki unos días a la casa de tu hermano? —antes de que yo respondiera, se apuró a añadir—: Si no te sientes tranquila, tú también puedes quedarte allá unos días. Tu hermano está trabajando día y noche; siempre llega muy tarde. Esa casa enorme se siente muy vacía. Si tú y los niños se mudan, se vería más alegre y acogedora.
Sonreí sin ganas.
—No es necesario. Mis hijos y yo tenemos nuestra propia casa. No necesitamos ir a vivir a casa ajena.

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