No sabía cuánto tiempo había estado desmayada. En mis sueños todo era negro, una oscuridad que no se acababa nunca. Por más que corría, no veía ni un poquito de luz. De repente, pisé en falso y sentí que me caía a un pozo sin fondo.
Me desperté, asustada por la sensación de caída; me costaba respirar y sentía un dolor en mi pecho lleno de miedo. Incluso dormida, esa angustia y ese terror seguían encima de mí hasta dejarme sin aire.
Pasó un buen rato antes de que poco a poco empezara a acordarme de todo, y en el corazón volví a sentir esa punzada horrible.
“Mateo...”
Me tapé la boca y lloré sin poder aguantarme. El dolor era tan grande que no podía escapar de él ni dormida.
Podía ir a buscar a Mateo y contarle todo lo que me había hecho Javier. Él no se iba a enojar. No me iba a rechazar. Solo iba a querer vengarse de Javier.
Pero yo no podía superar mi propia culpa. Sentía que no lo merecía. Incluso si él me abrazaba o me besaba, a mí misma me daría asco; sentía que estaba sucia, que no merecía estar a su lado. Y, aun así, quería tanto, tanto estar con él. En esta vida lo único que quería era estar junto a él. ¿Qué tenía que hacer? ¿Quién me podía decir qué hacer?
Escuché que se abría la puerta y una voz sorprendida:
—Aurora, ya despertó.
Cuando vi entrar a la empleada, quedé paralizada. Estaba de vuelta en... la casa de Javier.
Me senté de golpe y traté de quitarme el catéter, pero la empleada corrió a detenerme.
—Aurora, ¿qué hace? Está muy débil, necesita el suero. Además, se desmayó en la calle. Fue muy peligroso. Por suerte Javier la vio y la trajo para acá. Si no, quién sabe qué habría pasado.
—¡Prefiero morirme a que él me ayude! —le grité con rabia y me arranqué el catéter de un jalón.
No me importó que la sangre saliera enseguida; me puse de pie rápido. No quería estar en casa de Javier ni un segundo más. Era como estar en el infierno.
Pero apenas puse los pies en el suelo, me dio un mareo muy fuerte y volví a caer en la cama. La empleada, asustada, me agarró.

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