Apreté fuerte los labios. El dolor en el pecho era tan grande que ni siquiera podía hablar.
Waylon, muy irritado, le gritó al médico:
—¿Por qué estás moviendo la cabeza así? ¡Habla!
El médico suspiró y miró a Alan.
—La puñalada le pegó directo en el corazón a Mateo, y cuando lo trajeron ya había perdido mucha sangre. Perdón… hicimos todo lo que pudimos.
—¡No! —me agarré la cabeza y le grité a Alan, desesperada—. ¡Eso es mentira! ¡Él no se va a morir, no se va a morir!
Hasta ese momento, nunca en mi vida me había sentido así. El dolor, la impotencia y la desesperación me cayeron encima como una ola gigante que me ahogaba; me quería morir. Alan me agarró para intentar tranquilizarme y, después, le gritó a Waylon con mucha rabia:
—¿Ya estás contento? Ya nadie va a competir contigo. ¿Ahora sí estás feliz? ¡Vete a tu maldito país!
Waylon se quedó pensativo, mirando la puerta de urgencias.
—¿En serio… se va a morir tan fácil?
—¿Tú qué crees? Si yo te clavo un cuchillo en el corazón, ¿no te mueres? —le respondió Alan, furioso.
Waylon suspiró con desprecio. Luego se levantó, se acomodó el saco y, con arrogancia, dijo:
—Si se muere tan fácil… entonces no merecía ser mi rival. —se rio, decepcionado—. Qué aburrido, en serio. Pensé que esto iba a durar mucho más tiempo, pero parece que lo sobreestimé… y peor todavía que haya perdido la vida por una mujer.
Después de decir eso, me miró casi con lástima, dio media vuelta y salió del hospital. El dolor en el pecho se hizo insoportable y se me nubló la vista; sentía un nudo en la garganta que no me dejaba ni respirar. Alan miró por la salida para asegurarse de que Waylon, por fin, se hubiera ido. Después de unos segundos, me jaló del brazo.
—Ya, ya, deja de llorar. Era mentira; Mateo está bien.

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