Camila gritó entre sollozos:
—Ahora no tengo fuerzas para vengarme. Solo me queda la muerte. Cuando muera, ni siquiera como fantasma los voy a dejar en paz.
Mientras lloraba, Camila volvió a ir hacia los vidrios. Aunque yo me mostraba seria, tenía unas ganas inmensas de reírme de la ironía, viéndola fingir.
Vi que Javier estaba a punto de correr de nuevo para impedir que Camila se estrellara contra los vidrios, pero volteé la mirada y agarré de golpe a Javier:
—Si de verdad quieres a tu hermana, deberías cumplirle el deseo. Después de la humillación que sufrió hoy, ¿no sería mejor para ella morir?
—¡Aurora! —los ojos de Javier se pusieron rojos, él temblaba de rabia—. ¿Cómo pudiste volverte así?
Antes de que alcanzara a responder, Mateo se acercó rápido y apartó mi mano del brazo de Javier.
Yo lo miré de reojo, él apretó mi mano y le dijo con calma a Javier:
—¿En qué crees que se convirtió Aurora?
Javier no dijo nada; solo clavó su mirada penetrante en nuestras manos entrelazadas.
En ese momento ya no tenía que preocuparme por nada ni fingir nada. Bajo su mirada tensa solté la mano de Mateo y luego entrelacé mis dedos con los suyos a propósito.
Mateo se quedó un instante desconcertado; volteó la cabeza hacia mí y en sus ojos oscuros apareció un destello de sorpresa agradecida.
—¡Ah!
En ese momento se escuchó de pronto un grito de dolor. Camila se había estrellado de verdad contra unos vidrios. Al parecer iba en serio: la frente le empezaba a sangrar.
En ese instante incluso tuve que admitir que Camila merecía cierto reconocimiento: con tal de que su actuación resultara creíble, era capaz de herirse hasta ese punto.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Nunca conoces a quien tienes al lado (Aurora y Mateo)