El corazón me dio un vuelco.
Sentí un dolor en el pecho y se me aguaron los ojos en un instante.
Aunque sabía que todo se aclararía pasado mañana y que Mateo entendería todo, escuchar esas palabras crueles de su parte igual me destrozaba.
Parecía no querer ver mis lágrimas, pues miró a otro lado sin decir una palabra.
Apreté fuerte los labios, esforzándome por no llorar.
Javier me lanzó una mirada a propósito, luego le habló a Mateo con calma:
—Gracias, hermano —sonreía.
Luego bajó la cabeza, se acercó a mi oído y susurró, con un matiz ambiguo:
—Mira, Mateo ya nos dio sus bendiciones. Ahora te toca a ti: deséales felicidad a él y a su prometida, que vivan felices por siempre.
Apreté las manos con fuerza; odiaba esa sensación de estar amenazada y controlada.
—¿Qué pasa, Aurora? ¿Te cuesta tanto desearle lo mejor a tu exesposo? —Javier me susurró al oído, riéndose un poco—. O quizá no quieres que sea feliz, ¿verdad?
—¡Basta! —no pude evitar decirle entre dientes.
Pero Javier me miró fijamente al instante, mostrando una amenaza evidente.
Luchando contra la rabia, apreté los labios y le dije:
—No hace falta que insistas, yo misma lo haré.
—¿Ah, sí? —Javier sonrió con calma mientras me acariciaba el pelo cerca de la oreja—. Me muero por ver cómo lo haces.
Javier estaba cada vez más loco.
“Ten paciencia, Aurora, pronto todo terminará”, me repetía en mi mente, tratando de calmarme; pero cuando miré a Mateo, sus ojos vacíos me revolvieron el estómago.
Abrí la boca, pero la voz me salió rasposa:
—Mateo... yo... te deseo lo mejor, que seas feliz con Indira...
—No hace falta.
No me dejó terminar, me interrumpió de inmediato con voz seria.

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