—¿Miedo? —Javier se rio por lo bajo—. ¿Tienes miedo de mí?
El sentimiento que Javier antes me demostraba seguro era falso, porque en ese momento su risa burlona estaba llena de crueldad, sin rastro de cariño.
Volví a dudar de lo que tuvimos cuando éramos jóvenes; tal vez no fue tan sincero como él decía.
La mirada de Javier se clavó en mi cuello y sus ojos llenos de odio de repente se entrecerraron.
El corazón me dio un salto. ¿Había notado algo?
Aunque Mateo me dejó muchas marcas en el cuerpo cuando perdió el control, ya me había mirado al espejo y no tenía nada en el cuello. Javier no debería ver nada, ¿verdad? Pero entonces, ¿por qué me miraba así, tan aterrador?
Era una mirada agresiva; parecía que intentaba atravesarme la ropa, como si quisiera ver lo que había debajo. Cuanto más lo pensaba, más miedo me daba. Toda su actitud extraña de esa noche parecía decirme que ya sabía lo que pasó entre Mateo y yo.
Justo cuando se me cruzó esa idea por la cabeza, Javier movió la mano con fuerza y, de un tirón, me arrancó el chaleco de piel. Grité del susto y levanté la mano para protegerme por instinto. Debajo llevaba un vestido sin tirantes. Al arrancarme el chaleco, las marcas sospechosas alrededor de mis clavículas quedaron expuestas al instante.
Javier me miró fijamente y los ojos se le pusieron rojos de la ira. Ese Javier era alguien que nunca había visto; la furia y el odio en su mirada parecían querer despedazarme. No esperaba que me llevara allá, y mucho menos que dejara de lado su típica amabilidad para arrancarme la ropa así, a lo bruto.
Como sabía que no podía ocultar nada, enfrenté su mirada furiosa sin dudar.
—Entonces, Aurora... ¿vas a seguir mintiéndome? —me preguntó, con una sonrisa sarcástica.

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