Lo halagué un poco de más y, como era de esperarse, volvió a reírse a carcajadas. Por su tono, parecía que estaba de muy buen humor.
¿Y qué más daba? Si le gustaba que lo adularan, pues se lo decía; yo no perdía nada.
Con eso en mente, seguí endulzándole el oído:
—De verdad, eres la persona más brillante que he conocido; es como si me leyeras la mente. Si tengo algún plancito en mente, tú lo notas al instante. En estos días nos has controlado a todos sin esfuerzo. Frente a ti, yo soy solo una…
—Basta. Ya esto es exagerado, sobre todo viniendo de ti —me interrumpió Waylon, con un tono entre burlón y de advertencia.
Me atraganté un segundo, sin saber cómo continuar.
Aun así, esa llamada ya había despertado el interés y la curiosidad de Waylon.
De hecho, como guardé silencio, él terminó hablando primero:
—Vamos, dilo. ¿Necesitas que te haga un favor?
—Algo así… —respondí con una sonrisa amable—. Sí, hay algo en lo que quería pedirte ayuda.
—¿Y qué es? —preguntó enseguida Waylon, claramente intrigado.
—Pues… —miré a otro lado, fingiendo duda—. Ay, mejor olvídalo. Al fin y al cabo, tú y yo estamos en bandos opuestos. Seguramente no me ayudarías.
Escuché cómo Waylon inhalaba bruscamente, como si lo hubiera provocado.
—Entonces dime qué es —contestó con un tono seco.
—Ay, mejor no —suspiré—. Es obvio que no me ayudarías. Me siento aliviado de que no hayas enviado a nadie a matarme; ¿cómo voy a ilusionarme pensando que podrías ayudarme? Olvídalo, olvídalo…
—¡Dilo! —gritó de la nada, conteniendo la rabia.
Suspiré. Ya había caído en mi trampa.

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