Carlos dijo:
—No digas eso, Camila. Seguro anoche no pudo dormir; debe haber estado triste y desvelada por lo de tu hermano. Por eso hoy se levantó tan tarde.
Luego se volteó hacia mí:
—Aurora, el lugar de la boda aún no está completamente decorado. Esta tarde Javier me citó para ayudarlo con eso. ¿Quieres venir conmigo? Tú y Camila pueden acompañarme si quieren.
—Anoche no dormí bien; me duele un poco la cabeza. Después de comer voy a subir a descansar otro rato.
Carlos miró entonces a Camila.
—¿Y tú...?
Camila alzó la mirada con fingida timidez y se frotó las sienes.
—Anoche tú... no me dejaste dormir. También necesito descansar un poco después de comer.
Qué asco.
Por dentro me revolvía el estómago, aunque por fuera mantuve la compostura.
En cambio Carlos se puso rojo hasta las orejas y balbuceó:
—No digas eso; Aurora está aquí.
Camila se rio.
—¿Y qué? No es ninguna niña inocente. Seguro con Mateo o con mi hermano ha hecho más que nosotros.
Preferí no responder.
Esa mujer no solo era promiscua, sino que además tenía la desfachatez de hablarlo con tanta naturalidad.
Ni yo, que conocía bien el deseo de Mateo, me atrevería a tanto.
Carlos, avergonzado, bajó la cabeza.
—Ya, ya... quédense ustedes a descansar. Javier y yo nos vamos a encargar de la decoración.
Dicho eso, se concentró en terminar su comida, sin querer continuar con el tema.
Cuando Carlos salió, regresé a mi habitación, mientras Camila se quedó tomando el sol en el jardín.
Sabía perfectamente por qué no quería salir: temía que Bruno la llamara de repente.
En estos días, lo que más inquietaba a Carlos era precisamente Bruno.

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