—Amigos son amigos; papá es papá. Un amigo no puede reemplazar a papá, y papá tampoco puede reemplazar a un amigo. Yo te quiero, y también quiero a papá. Solo quiero que no le quites a mi mami —respondió Embi, muy sincera.
Lleno de amargura, Javier se rio un poco.
Con una mezcla dolorosa de impotencia y rencor en sus ojos, miró a Embi.
—¿Por qué, Embi? ¿Por qué piensan que les quité a su mami? ¿Por qué todos creen que su mami tiene que estar con Mateo? Ella me quiere a mí, ¿me oíste? ¡Tu mami me quiere a mí!
Era la primera vez que Javier levantaba la voz delante de los niños.
Embi se asustó de inmediato y comenzó a llorar muy fuerte.
Sentí un dolor en el pecho y la tomé rápido en mis brazos.
Javier apretó la mandíbula y levantó la mano como si fuera a consolarla.
Pero Embi se acurrucó más en mi pecho y lo miró con miedo.
—No quiero... Javier da miedo... vete... uuuh... ya no quiero a Javier...
Javier se puso más serio. Su mano, suspendida en el aire, poco a poco se cerró en un puño.
En su cara, además del enojo, se veía toda su culpa.
Le hablé en voz baja:
—Embi solo es una niña. Además, está enferma. No deberías tomarte sus palabras tan a pecho. Ella siempre te ha querido; tú lo sabes. Lo dijo porque está asustada.
Javier la miró durante un buen rato.
Luego se levantó y dijo, con voz suave:
—Te espero abajo. Cuando terminen con ella, nos vamos.
—No... ¡No quiero que mami se vaya! ¡Vete tú! Cambiaste; ahora eres malo. Vete. No quiero verte nunca más...
Javier cerró el puño otra vez y se quedó inmóvil.
No respondió, simplemente salió de la habitación.
Cuando Javier se fue, Luki se acercó también.

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