—Hoy, en serio, ustedes dos me han tenido al borde de un infarto. Pero te advierto, Aurora: ya que decidiste dejar a Mateo para casarte con Javier, no importa cómo te vaya después, ni si todavía lo quieres o no, nunca vas a poder volver a molestarlo. Estoy tan furioso que voy a presentarle a una mujer mucho mejor que tú. Quiero que te olvide por completo, tú, mujer sin corazón —gritó Alan, todavía fuera de sí.
Me reí entre lágrimas y le respondí:
—Entonces, debiste presentársela antes, cuando yo todavía estaba casada con él. Así, nada de esto habría pasado.
—¿Tú crees que no lo intenté? —refunfuñó.
—Le presenté a una mujer bonita, dulce, perfecta… ¿y sabes qué hizo? Ni la miró. Sus ojos solo te buscaban a ti, esa mujer cruel que lo destrozó. ¡Te juro que me saca de quicio! El peor error de su vida fue haberte conocido. No le diste más que dolor. Solo eso.
Me quedé callada, mientras Alan seguía descargando su enojo. Pasó un rato y, de repente, escuché una voz familiar por el teléfono. Era Mateo.
Habló tranquilo. Tan tranquilo que daba miedo.
—Cuelga ya. No hay nada más que decir —dijo, sin subir la voz.
—¿Ves? Ese es tu problema —respondió Alan, indignado—. ¡Deberías gritarle! Sácalo todo, maldícela, insúltala, lo que sea, pero no te lo guardes. Así, por lo menos, te vas a sentir mejor.
—No hay por qué insultar —contestó Mateo, con calma—. El amor no se puede forzar.
Y colgó. Seguro le había quitado el teléfono a Alan para hacerlo.
Me quedé con el celular en la mano, lo apreté con fuerza y las lágrimas no pararon de correr.
Sí, Mateo, ¿por qué no me gritaste ¿Por qué no me odiaste? Antes eras fuerte, dominante, terco. Nunca habrías reaccionado así. ¿Cuándo aprendiste a dejarme ir?
Después de esa llamada, me llegó un mensaje suyo:

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Nunca conoces a quien tienes al lado (Aurora y Mateo)