Después de pensarlo un momento, volteé hacia Camila y le dije, con una sonrisa:
—Camila, mira, mi hermano te compró tantas cosas lujosas, ¿por qué no subes algo a tus redes para presumir un poco?
Camila se quedó pasmada y, luego, se rio de la sorpresa:
—Eso… ¿qué hay que presumir de esto?
—No digas eso. Si no recuerdo mal, antes te fascinaba mostrar lo que te regalaban —bromeé, con una sonrisa tranquila—. ¿Recuerdas? No importaba lo que Mateo te comprara, tú lo publicabas enseguida. ¿Cómo es que ahora, con mi hermano, ya no te interesa? ¿O será que lo que él te da no te parece suficiente? Pero no tiene sentido, ¿no? Ese collar de diamantes que llevas es de edición limitada y carísimo.
Apenas terminé, Carlos miró a Camila con tristeza y frustración.
—Lo que dice Aurora tiene algo de razón. Desde que estás conmigo ya no publicas nada. ¿Te doy vergüenza?
Camila se molestó; me lanzó una mirada irritada y, luego, sonrió, fingiendo calma hacia Carlos:
—¿Cómo crees? Es solo que, cuando estoy contigo, soy tan feliz que siempre me olvido de publicar.
—Entonces publícalo ahora —le dije, amable—. Mira: joyas, ropa de diseñador… presume tu felicidad, que tus amigas se mueran de envidia. Si a mí me compraran todo eso, ya habría subido la historia.
Javier me lanzó una sonrisa breve.
—En unos días te voy a llevar de compras.
Respondí sin mirarlo:
—No sé, Camila. Tal vez piensas que lo que mi hermano te compró no vale tanto, porque ni siquiera te dignas a subirlo. Antes, cuando Mateo te regalaba cualquier cosa, corrías a publicarlo.
Solo entonces Javier miró a Camila y dijo, en tono bajo:
—Publícalo, así le demuestras a Carlos que lo valoras. Si no, él va a terminar pensando mal.
Camila me miró fijamente, furiosa, y respondió entre dientes:
—Está bien, lo voy a hacer. Ustedes, los hombres, siempre sospechan de todo.
Tomó el celular, empezó a tomar fotos y a editar la publicación.

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